TOMO 2. CAPÍTULO 40. Un corazón roto
—¡Victoria! —el grito de Sebastian hizo que Elijah levantara la cabeza, espantado, porque esperaba de todo menos aquellas manos levantadas al cielo como si fuera un vikingo en plena conquista.
—¿Buenas noticias? —preguntó frunciendo el ceño y Sebastian casi bailó hasta llegar a él, esgrimiendo aquel documento en sus manos como si fuera una bandera.
—¡Las mejores! Después de tu trágica pérdida de la demanda que Lynett te puso, Josselyn armó todo el escándalo que quiso y el juez terminó por hartarse de ella —le contó Sebastian llegando hasta el escritorio—. Sobra decir que el pobre de Su Señoría ya venía muy escandalizado con todo el asunto de los videos que sacó Lieberman, hay que reconocer que ese as bajo la manga te puso en una mejor posición, así que el juez ya venía cabreado y se decantó por un divorcio contencioso.
Elijah abrió mucho los ojos porque realmente no había esperado que eso se resolviera tan pronto.
—¿En serio?
—Hermano mío, tengo el altísimo honor de presentarte… ¡Tu sentencia de divorcio!
Le entregó aquel papel como si fuera la joya más fina de la corona y junto a él la resolución de la pensión matrimonial
—Tres mil dólares al mes —le anunció—. Es nada considerando de lo que te libraste, y los dos sabemos que el juez solo le otorgó pensión para no caer en la mira pública por dejar desamparada a una minusválida, pero en mi cara me dijo que no creía que Josselyn se mereciera nada.
Elijah leyó aquella acta de divorcio con el corazón liberado, al menos un poco, y fue directamente a guardarla en la caja fuerte porque no podía negar que sentía que ese era el documento más importante de su vida.
—¡Gracias, hermano! ¡De verdad no sé cómo agradecerte por estar pendiente de esto! —exclamó con un suspiro aliviado mientras Sebastian se acercaba al bar de la oficina.
—¡Pues agradéceme bebiendo conmigo! ¡Estoy corriendo detrás de tus cosas y encima hasta las nalgas de trabajo porque alguien tiene que ocuparse de la empresa mientras tú estás en evidente depresión! —sentenció sirviendo dos vasos de whisky—. No me malentiendas, te comprendo perfectamente, solo quiero que le pongas una fecha de caducidad. ¿Cuándo vas a sacar la cabeza de …eso?
Señaló al escritorio y Elijah respiró hondo. Estaba lleno de pequeñas piezas, moldes, madera, metal, joyería. Y en medio de todo, como los principales protagonistas, estaban el cuadernillol de Frederick Evans y las herramientas que Elijah había comenzado a usar desde el primer día.
Había estado trabajando contrarreloj para hacer aquella caja de música, y solo esperaba terminarla pronto.
—Ya falta poco, muy poco —aseguró—. Lynett se va en un par de días y quería… quiero dársela para que se la lleve. Hasta ahora hice cajitas solo para el bebé… pero sé que en estos cinco años nadie ha hecho ninguna para ella.
—Y eso es muy loable, pero al menos tienes que descansar, no has parado ni un solo segundo en dos semanas, Elijah —lo reconvino su hermano—. Al menos duerme un par de horas hoy, si tengo que frenar ese avión de Lynett hasta que termines yo lo hago, o si no nos vamos a Italia los dos a llevársela, pero tienes que descansar. A ver, siéntate.
Elijah se aguantó la protesta porque en el fondo también estaba demasiado cansado, pero por alguna razón el siguiente trago de whisky no le hizo mejor efecto, solo lo hizo sentir como si tuviera el cuerpo pesado a dolorido.

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