TOMO 2. CAPÍTULO 37. Un castigo
En ese instante, exactamente en ese instante Lynett supo que tenía la respuesta a esa duda que le carcomía el corazón a Rufus Vanderwood: ¿qué era lo que había convertido al hombre en el monstruo?
El silencio en la sala de espera se hizo aterrador y el desconcierto en el rostro de Matt y de los gemelos era absoluto. Sin embargo no había tiempo para ponerse a hacer preguntas, porque el médico los empujó hacia el laboratorio más cercano para que ellos se hicieran los análisis, y Elijah se quedó parado allí, con Nate a su lado, sabiendo que era el único que podía entender lo que estaba sintiendo.
—¿Cuándo…? ¿Cuándo lo supiste? —preguntó su hermano y Elijah abrió la boca tomando una angustiosa bocanada de aire.
—Yo… hace… siete años, más o menos. No mucho después que tú —respondió y Nate se mesó los cabellos.
—¿También eres hijo de Lloyd? —preguntó Nate porque él sabía que era fruto de una aventura de su madre con el hermano de su padre, pero Elijah solo movió la cabeza en un gesto negativo.
—No… no tengo idea y mamá… ella no me ha querido decir. Cuando lo sospeché me hice las pruebas, y cuando dieron que no era hijo de papá fui a verla —le contó Elijah mientras intentaba limpiar las lágrimas que salían de sus ojos—. Siempre estuvo engañando a papá… toda la vida… Ni siquiera recuerda quién es mi verdadero padre, o al menos eso dice…
Lynett contuvo el aliento. Se sentía como una intrusa escuchando aquella conversación, y a su lado Lieberman parecía una estatua, pero era como si ninguno de los dos fuera capaz de moverse y demostrar que eran testigos involuntarios de aquella confesión tan dolorosa.
—Yo… no sé qué decirte —murmuró Nate con tristeza—. Siempre vamos a ser hijos de papá, Elijah… ¿sí entiendes eso?
El nudo en la garganta de Elijah no se deshacía con nada, y un segundo después Nate lo vio desplomarse en una silla con expresión derrotada. Se había guardado aquel secreto durante siete años. Se había guardado otra infidelidad de su madre, otro dolor para el hombre que lo había criado, toda la incertidumbre de no saber quién era su padre biológico y todo aquel sentimiento de ser traicionado por la mujer que he había dado la vida.
—No puede haber en el mundo alguien peor que ella… —murmuró con impotencia apretando los puños—. ¿Cómo pudo hacernos esto…? ¿Por qué nos hizo esto, nate…? ¿Por qué le hizo esto a papá? ¡No puedo entenderlo! ¡No hay un hombre mejor que papá! ¡¿Por qué tiene que sufrir tanto por culpa de una mujer como ella?!
Las lágrimas caían incesantes de sus ojos y Lieberman se escabulló mientras Lynett se sentaba en una silla, echaba atrás la cabeza y cerraba los ojos en el silencio de la sala, escuchando aquellos sollozos bajos y dolorosos de Elijah y aceptando que ninguno de ellos le causaba la menor satisfacción.
Nadie, absolutamente nadie que no lo hubiera vivido en carne propia, tenía idea del dolor que los padres podían causar a sus propios hijos. Ahora lo entendía. Aquel resentimiento feroz contra trampas, engaños y mentiras. Aquella forma tan aberrante de protegerse a sí mismo lastimando antes. Aquella desconfianza intrínseca por cualquier mujer sin importar lo que le demostraran.
“Nunca va a ser feliz”, se dijo a sí misma y si había algún consuelo por haber perdido su venganza era ese: con un trauma como aquel, Elijah Vanderwood podía quedarse con todos sus millones, pero jamás iba a ser completamente feliz, y jamás iba a poder amar realmente a una mujer porque jamás podría confiar en una.
No supo cuánto tiempo pasó, si horas o solo minutos, hasta que Matt y los gemelos regresaron y la conversación entre los cinco hermanos se convirtió en un doloroso intercambio y en el que tarde o temprano salió su nombre envuelto en unas cuantas acusaciones.

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