TOMO 2. CAPÍTULO 36. Un quirófano de urgencia
Los labios de Lynett se separaban con expresión aturdida, sin que de ellos saliera ningún sonido y sin saber cómo encajar aquella noticia.
—¿Qué dices… el señor Rufus…? —murmuró por fin.
Jamás había estado en su ánimo hacerle daño y Elijah pudo leer aquella confusión en su cara.
—¡Fue mi culpa! —le dijo sujetándola por los hombros para darle la vuelta—. ¡Lynett esto es mi culpa, no tuya! ¡Es mi responsabilidad que mi padre se haya puesto mal, esto es… son las consecuencias de mis malos actos, los míos…! Tú no tenías como saber que esto iba a pasar pero por favor… te lo suplico, deja que vaya a verlo…
Lynett retrocedió soltándose de su agarre y se giró hacia su abogado.
—Sabes que yo no quería esto… ¿cómo…? Solo haz que lo dejen salir… —murmuró por lo bajo intentando alejarse pero la voz de Lieberman la detuvo.
—No se puede —sentenció con seguridad y Lynett lo miró espantada.
—¿¡Cómo que no se puede!? —lo increpó.
—Es un caso penal ahora —le explicó el abogado—. Para salir necesita pagar una fianza, que impondrá un juez, pero no será esta noche. Quizás mañana con buen tiempo.
Lynett vio cómo Elijah se llevaba las manos a la cabeza con desesperación y negó.
—Hay que sacarlo de aquí ahora, Lieberman… dejarlo ir con su padre…
Durante los últimos días se había dicho que había construido un corazón de piedra, a prueba de todo, pero desafortunadamente eso no era cierto, o al menos no era cierto cuando se trataba de aquel viejito que tanto le recordaba a su propio padre.
—Lo único que podemos hacer es retirar los cargos —le dijo Lieberman—, pero eso terminará con todo. La única forma de sacarlo de aquí en este momento es retirar los cargos judiciales, que declares que dijiste una mentira, que Elijah no hizo nada de lo que lo acusas…
Los labios de la muchacha se convirtieron en una línea fina porque entendía lo que eso significaba.
—Si declaro entonces ni siquiera la otra demanda procederá —murmuró con voz ahogada.
—Si declaras frente al fiscal que mentiste… entonces no. Ya no podrás demandarlo por nada —declaró Lieberman y el silencio en aquella sala se hizo aterrador.
El corazón de Lynett dolía tanto que apenas podía respirar. De alguna forma siempre acababa perdiendo. Siempre acababa siendo la única que salía lastimada para no lastimar a los demás. Pero por más que quisiera ver a Elijah destruido, el resto del mundo no tenía que pagar por él.
Salió de allí sin mirarlo, mientras esas lágrimas que había jurado que no derramaría volvían a correr por sus mejillas, y lo siguiente que se escuchó fue una discusión muy pasada de tono en que el fiscal se resistía a perder aquel caso.
Sin embargo quince minutos después, cuando la puerta del saloncito de interrogatorios volvió a abrirse, Elijah vio pasar a una mujer completamente calmada y fría, que puso delante de él una carta de liberación.

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