TOMO 2. CAPÍTULO 29. Una inteligencia fácil de insultar
Josselyn sin dudas parecía a punto del colapso, pero la expresión en el gesto del abogado frente a ella estaba llena de sarcasmo.
—Será mejor que dejemos establecidos los hechos, señora Hill. Mi cliente ya no tenía intención de casarse con usted, lo hizo por lástima, lo hizo por sentido del deber, lo hizo por caridad, lo hizo cuando usted ya estaba paralitica, para que no se quedara en la calle o fuera a dar a un hospicio como tantos ex soldados —escupió Anders sin cortarse—. Por tanto el otro tipo de atención que usted quería, mi cliente no estaba obligado a proporcionárselo…
—¡Pero sí estaba obligado a serme fiel! —le gritó Josselyn inclinándose hacia adelante—. ¡Si no iba a acostarse conmigo tampoco podía estar con nadie más, porque eso se llama “adulterio”!
—¡Esa es una vil calumnia! —la provocó el abogado y Josselyn negó.
—¡No lo es! ¡Elijah me está engañando, me está siendo infiel con mi propia hermana! —gritó ella y toda la sala se llenó de murmuraciones que solo la alentaron—. ¡Y lo puedo probar!
Su mirada se fijó en Basset y este por fin sacó aquel as bajo la manga que Anders sabía que debía refutar, pero ciertamente no había esperado que fuera una foto reciente de Lynett besando a Elijah.
Él estaba en el suelo sobre una camilla y Lynett estaba inclinada sobre él. Por el ángulo parecía que se estaban besando en la boca, y Basset repartió las copias de aquellas fotos con actitud triunfante.
Pero antes de que Anders pudiera comenzar a rebatir aquella estupidez, ya el abogado de Josselyn se paraba en medio de la sala y hacía su siguiente demanda.
—Llamamos a declarar a Lynett Evans, la amante del señor Vanderwood. ¡¿Lynett Evans?! —insistió pero la muchacha no se movió de su lugar hasta que Basset le hizo un gesto sugerente—. ¡¿Está esperando una invitación para venir?!
—No, estoy esperando que me cambie el título, porque yo no soy la amante de nadie, y no estoy obligada a hacer nada por nadie que me falte al respeto. ¿Quedó claro?
La mirada del Juez se posó en Basset con gesto hosco porque era evidente que aquella acotación había estado de más.
—Señora Evans, a secas, ¿podría subir al estrado? —gruñó Basset entre dientes y solo entonces Lynett se levantó para dirigirse a su sitio.
Juró sobre la Biblia y un segundo después el abogado la asfixiaba con tantas preguntas.
—Señora Evans, ¿niega que tuvo usted una relación con el esposo de su hermana?
—No, no lo niego —respondió Lynett con gelidez.
—Entonces no niega que entre ustedes hay…
—¡No, no, no! Antes de que se confunda, pregunte primero la fecha. Tuve algo con Elijah hace cinco años, antes de que se casara con mi hermana, pero después de eso no ha habido nada entre nosotros.
—¡Por favor, señora Evans, no insulte nuestra inteligencia! ¿Pretende que creamos que en estos cinco años no se han visto ni una vez? —preguntó Basset con sarcasmo.
—La verdad, Licenciado, es que su inteligencia es muy fácil de insultar —le sonrió Lynett—. Mi pasaporte fue sellado de salida en este país el mismo día de la boda de mi hermana, y no he vuelto hasta hace pocos días. Basta revisar mi pasaporte y el del señor Vanderwood para darse cuenta de que hace cinco años que no coincidimos, ni siquiera en el mismo país, así que ahórrese el sarcasmo y pregunte algo útil.
Elijah pasó saliva cuando escuchó aquellas palabras saliendo de su boca. Su tono era frío y superior, incluso un poco arrogante, como si aquella parte suya no la conociera para nada, como si fuera una mujer en plena metamorfosis y él sentía que eventualmente terminaría convirtiéndose en algo tan inalcanzable como una mariposa.

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