TOMO 2. CAPÍTULO 24. Un corazón destrozado
—Deberías rendirte y poner una cama directamente. —Aquella voz hizo que Elijah se incorporara en el sofá de su oficina y suspirara con aquel café que su hermano le ponía en las manos.
—Ya te habías tardado en aparecer —murmuró con una sonrisa suave y Sebastian negó.
—Estaba donde tú debías estar, celebrando el cumpleaños de uno de nuestros sobrinos en la hacienda, pero como para ti es normal saltarte las ocasiones familiares, ya ni te acuerdas ni te invito.
—Sebas…
—Ni siquiera intentes justificarte. Tu vida es un infierno, ya lo sabemos, y papá reniega cada semana del maldito día en que te dejó venir a Nueva York —le gruñó Sebastian—. Pero a lo hecho pecho así que, cuéntame, cómo van las cosas con Lynett y con tu… esposa.
—A Lynett ya le hicieron válido el testamento de su padre.
—¡No me jodas!
—Pues sí, y ahora tengo a Florence Evans tratando de colárseme en la casa porque no tiene donde vivir —rezongó Elijah—. Tuve que contratar seguridad adicional para asegurarme de que no entre.
—Y por supuesto eso es un problema con Josselyn.
—¡Con esa todo es un problema! Quizás he haya acostado con ella y acabado de arruinar mi vida por completo, pero…
—¡¿Quéééééé?! ¿¡Cómo que quizás?! —lo increpó Sebastia.
—Me drogó. Lo demás no te lo tengo que explicar ¿Verdad? Ahora a esperar un mes a que me diga si está o no embarazada, que probablemente lo estará, y luego esperar a que nazca para saber si es mío. Lo dicho: el infierno —masculló Elijah levantándose y dirigiéndose al baño de la oficina, para salir un minuto después con la cara y el cabello mojados como si eso pudiera despertarlo.
Se ahorró el resto del cuento, ese en el que había escuchado a Florence gritarle a Josselyn que ella era la responsable de haberle quitado a Lynett del camino, que gracias a ella había podido casarse con Elijah, así que no era muy difícil imaginar que ese precisamente era el propósito de Basset al entregarse a la policía tan oportunamente. Ya había comprobado que no había sido una casualidad: Josselyn le había pedido ayuda a Florence para deshacerse de su hermana.
—Todavía tengo un montón de cosas que arreglar —sentenció bebiendo un poco de café—. Sobre todo con respecto a Lynett.
Sebastian suspiró con tristeza y asintió.

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