TOMO 2. CAPÍTULO 23. Justicia
Elijah se veía realmente perdido, pero lo que Lynett sabía o imaginaba que podía limpiar su conciencia, todo eso prefirió callárselo mientras la camioneta dejaba el hospital y se dirigía al juzgado.
Se le revolvió el estómago al ver la cara de satisfacción de su madre en su lado de la sala, y junto a ella Josselyn que parecía neutra, pero visiblemente más tranquila. Lynett ya conocía aquellos gestos, los de conseguir lo que querían a toda costa, sin importar a quién le pasaran por encima.
Lynett miró a los ojos de Elijah y él solo fue capaz de sostener esa mirada por unos segundos antes de alejarse. Para la chica era algo extraño, tantas admisiones de culpa juntas en los próximos días, pero era evidente que el hombre que había dejado atrás hacía cinco años había tenido su dosis de remordimiento con el que lidiar.
Finalmente el juez entró y todos se pusieron de pie. Los interrogatorios a los peritos comenzaron, y dos horas después parecía que el juez estaba haciendo un esfuerzo por no echar a todos de la sala.
—¡Silencio! ¡Silencio! —ordenó mandando a callar a Basset que parecía dispuesto a refutar cualquier prueba aunque solo fueran protestas vacías—. Señor Alinor, termine de hablar, por favor. ¿Da usted también fe de la autenticidad del documento?
—Desde luego —confirmó el perito con seriedad—. Se ha rastreado el origen del documento y en efecto se encuentra inscrito en los registros públicos desde hace casi seis años, Su Señoría. Que la copia física original haya sido ocultada no significa que no tenga validez. El testamento del señor Evans a favor de su hija es legítimo y debe ser respetado como su última voluntad.
Aquella fue la declaración que pareció decidirlo todo. Entre los capiteles de madera que la separaban de las bancas del público, Lynett sintió la mano de Elijah apretando la suya en espera de aquella sentencia que no demoró.
—Muy bien, en ese caso y habiendo estudiado y escuchado detenidamente las circunstancias, declaro que el testamento de Frederick Evans a favor de su hija Lynett Evans, se respetará y hará efectivo inmediatamente, devolviéndosele a su legítima dueña no solo las acciones de la empresa de su padre, sino también la casa familiar y demás posesiones comprendidas en el patrimonio. La señora Florence Evans debe desalojar la casa inmediatamente, devolviendo además los productos de sus gastos en los últimos cinco años, llámense joyas, autos, o cualquier otro bien mueble o inmueble que haya adquirido con el capital de la herencia. Y los agentes de seguridad judicial se ocuparán de que así sea sin mayores percances. ¡Se levanta la sesión!
El sonido de aquel martillo sobre la madera era una de las cosas más hermosas que Lynett había escuchado en su vida, y para cuando se volvió con expresión triunfante, ya los brazos de Elijah la estaban esperando para abrazarla. Porque sin importar lo mal que se sintiera él, aquel era su triunfo, se lo merecía y no podía hacer otra cosa que celebrarla.
Ninguno de los dos se molestó en mirar a la expresión furiosa de Josselyn o de Florence, y simplemente salieron de allí para dirigirse a la mansión Evans donde ya los Marshall del juzgado se estaban apostando para sacar a su madre y su única maleta permitida por la puerta principal.
—¡Eres una infeliz malagradecida! —gritaba Florence a todo pulmón intentando forcejear con los oficiales—. ¡Esta es mi casa! ¡Mi casa!

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