TOMO 2. CAPÍTULO 16. Una mujer, una isla
La encontró echándose agua en la cara, más blanca que un papel y agarrándose de lo que podía para no caerse.
—¿Qué tienes? ¿Estás bien…? ¿Estás…? —le preguntó apurado y la muchacha cerró los ojos.
—Estoy embarazada.
El silencio se hizo doloroso mientras el pecho de Elijah se hinchaba de la impresión y se cerraba en el mismo movimiento.
—¿Eh…?
—¡Estoy intoxicada, Elijah! ¡Igual que tú! —rezongó Lynett porque le había bastado un segundo y un vistazo para darse cuenta de que él tampoco estaba bien—. Tenemos que ir… llévame…
—Hospital… sí… ¡ahora mismo! —aseguró Elijah porque estaba bastante seguro de que si él no estaba completamente mal, se pondría así muy pronto.
Condujo con toda la atención que podía mientras veía a Lynett descomponerse completamente en el asiento al lado suyo, y apenas atravesaron las puertas de la sala de Urgencia, un par de médicos corrieron hacia ellos.
—¡Otra intoxicación! —gritó uno de ellos y luego se fijó en Elijah—. ¡Dos más! ¡Vamos, esto es urgente!
Los doctores los dirigieron hacia un cubículo y les bastó un par de minutos para evaluarlos a los dos. Lynett estaba peor, pero Elijah no se iba precisamente de rositas.
—¡Nunca pasa nada en esta ciudad hasta que llega el maldito festival! —rezongaba uno de los médicos—. ¡Siempre hay algún estúpido que se salta las normas de salubridad y nos deja una docena de intoxicados!
—¿Una docena? —se preocupó Elijah.
—Y contando —respondió el doctor—. Usted está aceptable, es más fácil diluir toxinas con su peso y su complexión que para ella.
—¿Está muy mal? —preguntó él con un nudo en la garganta.
—Deshidratada. Vamos a ponerle un suero con los medicamentos necesarios, pero necesitamos sus historias médicas. Nombres, por favor, veremos si sus expedientes están digitalizados —y aquello no era una amable solicitud, sino una orden que Elijah no pensaba rechazar.
—Elijah Vanderwood… y ella es Lynett Evans.
En aquel punto le importaba muy poco dar su nombre real, que los localizaran o que supieran que estaban juntos a medio país de distancia, lo único que quería era que ella se recuperara, y ciertamente no fue un paseo por el prado para ninguno de los dos.
Entre los vómitos y las náuseas, eso de que él estaba mejor no era muy cierto, pero por fin a la tarde siguiente les dieron el alta con mil recomendaciones.
—Sopa… quiero sopa… —murmuró Lynett acurrucándose en la cama y Elijah hizo gala de su millonaria exageración pidiendo sopa de cada restaurante de la ciudad.
Trató de cuidarla, trató de hacerla sentir mejor, pero estar enferma solo hacía que Lynett se alejara aun más de él, como si pudiera recordar cada vez que había estado en una cama de hospital, y cuántas veces había sido culpa de Elijah.
Le dolía hasta verla dormir, parecía tan pequeña y tan frágil como siempre, y seguía siendo imposible dejar de pensar en abrazarla cuando la tenía cerca. Pero lo cierto era que aquella mujer era una isla y ya no tenía forma de llegar a ella.

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