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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 18

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 18. Un lugar conocido

Y aquí es donde nos vamos a poner realmente serios, en primer lugar porque ya me acusaron de que esto parece novela coreana donde no se dan ni un beso. ¡Sacrilegio!... pero es cierto. ¡Banda de calenturientas!... Y en segundo lugar porque entre el colchón y el cuerpo de Sebastian solo quedaba ella, con tan condenado poco espacio que no quedaba ni un solo pedacito para la risa.

La expresión de aquel hombre sobre ella hacía que a Michelle se le aflojara hasta el elástico de los calzones, y él era capaz de verle el hambre en toda la cara.

—¡Maldición! Eres el lobo feroz —lo acusó Michelle cuando sintió sus manos recorriendo sus muslos como una anunciación, bajándole los pantaloncillos cortos con bragas incluidas.

—Y seguro tú no quieres que te coma —replicó con sorna y la vio morderse el labio inferior mientras le abría las piernas con el movimiento más sensual que existía.

No podía decir que estaba ni remotamente curado del todo, pero si seguía evitando aquello acabaría peor.

Se inclinó sobre ella y alcanzó su boca con un beso profundo y delicioso que ja hizo jadear de gusto, y cuando se desprendió de los labios de Michelle, fue para que los suyos recorrieran esa línea perfecta entre sus pechos.

—¡Joder, también eres Houdini! —jadeó la muchacha cuando sintió la caliente humedad de su lengua sobre uno de sus pezones, porque ni siquiera se había dado cuenta de en qué momento exacto le había quitado el brasier.

Lo único que escuchó fue aquella risa velada contra su piel, mientras Sebastian de verdad se quitaba la capita de príncipe y mordía uno de sus pechos antes de saborearlo como si fuera algo exquisito.

Los dedos de Michelle se cerraron con fuerza sobre las sábanas mientras lo sentía bajar por su vientre, mordiendo y lamiendo como si ella fuera la cosita más comestible del mundo.

—¡Ya mátame de una vez! —casi suplicó cuando sintió al lengua de Sebastian impactando contra su clítoris y aquel condenado había perdido la memoria, pero no había mortal en la tierra ni santo en el cielo que pudiera cuestionar sus habilidades.

Sebastian hizo una fiesta contra su sexo, solo por unos minutos breves y feroces antes de rozar su humedad con un par de dedos y hundirlos en ella con fuerza.

—¡Sebas! —no pudo evitar gemir ella con desesperación, porque aquella era la cosa más sensual, dulce y perfecta que alguien le había hecho.

El cosquilleo en la zona baja de su vientre era insoportable, las sensaciones eran electrizantes, y el deseo hacía que un sinfín de punzadas de placer aguijonearan su sexo. Sintió el primer espasmo alrededor de aquellos dedos que parecían rascar en su interior, pero antes de que pudiera estallar él simplemente se retiró, haciéndola emitir una queja coqueta.

—¡Ya sabía yo que no tenías que apuntar a mis talones! —susurró desesperada, jadeando mientras él paseaba aquellos dedos por sus piernas, subiéndolas despacio mientras se pegaba a ella.

—Y la única razón para que yo alcance tus talones, nena… es para colocarlos tiernamente sobre mis hombros —siseó él mientras su miembro rozaba ferozmente contra la intimidad de Michelle.

—¿Tiernamente? —La muchacha pasó saliva mientras sentía el calor que emanaba de él—. Sebas…

Ni siquiera tenía que decirlo en voz alta para que Sebastian lo entendiera. No era exagerado pero era grande, y ella no era virgen pero no le sobraba experiencia.

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