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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 17

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 17. Un caballero

Era jodidamente linda cuando sonreía, Sebastian no podía negar eso, y el problema real ahí era que ella sonreía todo el tiempo.

Algo se le revolvió dentro cuando atravesaron la puerta del cuarto y ella pareció por fin percatarse de dónde estaba.

—Espera… ¿qué hago aquí? —murmuró arrugando el ceño y Sebastian suspiró empujándola a la cama.

—Dormir, eso vas a hacer —le respondió, pero ella se detuvo en seco, haciendo que el pecho del hombre chocara contra su espalda y aunque algo le decía que no debía, Sebastian no tuvo más remedio que quedarse ahí, inquieto, nervioso, mientras sentía la curva de su trasero contra su bragueta.

—Espera, espera… no —suspiró Michelle negando con la cabeza.

—¿Cómo que no? —reclamó él.

—No, tú tienes que dormir, mañana te levantas temprano a trabajar…

—Mañana no se trabaja, Michelle…

—¡Ash, mentiroso! Los animales igual comen y tú igual eres un obseso del trabajo, irás de todas formas… No puedo dejar que duermas en el sofá…

—No te preocupes, hay otra cama en la otra habitación —replicó Sebastia y la vio reaccionar de inmediato.

—¡No…! Que no quiero, dije, el sofá me gusta, no me lo puedes quitar.

Sebas puso los ojos en blanco porque ya sabía que eso solo era una excusa para que él pudiera dormir bien.

—¡No seas necia, niña! ¡El sofá pone tiesa hasta a una babosa! ¡A dormir a la cama, es una orden! —le ordenó y ella se giró bruscamente, encarándolo con las manos en la cintura, como una gallinita lista para la pelea.

—¡¿Pero tú quién te has creído!? ¡No me puedes dar órdenes! —le espetó despertándose del todo y Sebastian no pudo negar aquel cosquilleo que le alborotaba todo dentro cuando aquella condenada subía los decibeles.

—¡Pues soy tu marido, fíjate! ¡Si no te puedo dar órdenes yo, ¿entonces quién?! —la provocó.

—¡Ay no, ay no…! ¡Pero tú estás jugando con fuego príncipe! ¡Mira, ni si fueras príncipe de verdad, condenado! —le replicó chasqueando los dedos frente a su cara—. ¡A mí no me dice qué hacer ni…!

Las palabras que seguían se le ahogaron en la boca en el mismo momento en que sintió aquellas manos rodeándola, y Sebastian la pegó a su cuerpo con el gesto más suave pero también el más sensual. Ni siquiera tenía que ser brusco, bastaba el calor que emanaba de él para saber que estaba ardiendo y que todo aquello, la entera situación que estaban viviendo, terminaría en un maldito incendio premeditado.

—Prin… príncipe… ¿qué haces? —balbuceó la muchacha mientras sentía la nariz de Sebastian recorrer su oreja, llegar a la curva suave del cuello y moverse por la línea de su mandíbula hasta su mejilla.

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