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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 13

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 13. Algo mal

Era preciosa. La condenada era preciosa desde la punta de los cabellos hasta los malditos dedos de los pies, y la forma en que se dibujaba su cuerpo a través de aquel cristal mojado hizo que a Sebastian se le hiciera agua la boca.

Retrocedió trastabillando y carraspeño cuando llegó a la cocina, porque era evidente que aunque él no se acordara de aquella mujer, el resto de él si la deseaba… y mucho.

Así que puso su atención en algo menos peligroso, como salvar el filete de morir completamente calcinado, porque ella ¡Oh sorpresa! también había olvidado este.

Para cuando Michelle por fin se acordó y salió del baño corriendo envuelta en un albornoz, ya él sabía dos cosas: la primera era que sabía cocinar unos filetes espectaculares, y la segunda era que ella siempre terminaría quemando la comida, al menos tres o cuatro veces por semana.

—¡Uff, qué susto! —suspiró Michelle sonriendo al verlo en la cocina—. Pensé que perdíamos a estos también.

—Estuvimos a punto, pero supongo que ya me voy acostumbrando a tu tipo de locura.

—¡¿Ah sí?! ¡¿Y esa cómo sería?! —preguntó ella con tono coqueto.

—Treinta por ciento distraída, treinta por ciento floja y el resto desobediente —replicó Sebastian sirviendo un par de platos.

Michelle le sacó la lengua y fue a vestirse, pero mientras cenaban no le pasó desapercibido que Sebastian hacía uno que otro gesto de dolor y por más que intentaba disimularlo, no lo lograba del todo. Por eso cuando terminaron de comer, lo siguió hasta el baño y cerró la puerta tras ella pasándole el seguro.

—¿Qué haces…? —preguntó Sebastian y Michelle se puso las dos manos en la cintura con gesto decidido.

—No puedes solo —advirtió y no era una pregunta—. Así que puedes imaginarte que soy una enfermera profesional y te voy a ayudar a bañarte.

—No, no hace falta…

—Puedo ayudarte por las buenas o desnudarte por las malas —lo amenazó—. Pero los dos sabemos que acabaré obteniendo lo que quiero… ¡ayudarte!

Sebastian apretó los labios porque no estaba del todo seguro de que aquello fuera cierto, pero antes de que pudiera protestar una vez más, Michelle se acercó a él y comenzó a abrirle la camisa botón a botón, y Sebastian solo pudo contener el aliento mientras intentaba controlarse.

Y graciosamente no era el único, porque con independencia del enorme moretón que tenía a uno de sus costados, y de los otros que tenía desperdigados por el cuerpo, parecía que a aquel hombre lo habían hecho a mano, y las locas hormonas de Michelle no pudieron evitar alborotarse.

—Ya está bien… —intentó detenerla él.

—No, no lo está, no puedes ni inclinarte a quitarte las botas —replicó ella y como era trágicamente cierto, Sebastian miró al techo mientras la chica se arrodillaba frente a él y le sacaba las botas.

El problema real llegó cuando le soltó la hebilla del cinturón y le abrió la bragueta.

—¿Me dejas hacer eso? —gruñó él entre dientes porque si malo era que lo hiciera ella, peor era que lo hiciera estando arrodillada.

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