CAPITULO 50- VILLANO ABURRIDO.
El día del cumpleaños del patriarca de los Stanton finalmente llegó. Grace estaba en su habitación, mirándose nerviosa en el espejo. El vestido rojo que llevaba le quedaba perfecto, abrazando su figura con elegancia, pero no era el vestido lo que la inquietaba. Era todo lo que esa noche representaba. Mientras ajustaba un mechón de su cabello, Emma, se acercó con una sonrisa dulce.
—Estás bonita, Grace —dijo con la dulzura.
—Sí, la más bonita de todas —agregó Olivia, aplaudiendo emocionada mientras giraba sobre sí misma, haciendo que su vestido se moviera como un pequeño remolino.
Grace sonrió y se inclinó para besar a sus hijas en las mejillas antes de levantarse y extenderles la mano.
—Ustedes también están preciosas, mis ángeles. Ahora vamos, no queremos llegar tarde al pastel del abuelo.
Emma rió suavemente mientras tomaba la mano de su madre.
—El pastel es mi parte favorita. Siempre tiene tantas velas que parece una fogata.
Grace no pudo evitar reír ante las ocurrencias de su hija, pero el nudo en su estómago seguía ahí. Caminó junto a sus hijas hasta llegar al inicio de las escaleras. Al detenerse, respiró hondo, cerrando los ojos por un momento. Desde allí podía escuchar el bullicio de la sala principal: risas, conversaciones, música.
La casa estaba llena de gente importante, de miradas críticas y sonrisas falsas. Pero eso no la ponía nerviosa. Grace sabía cómo comportarse en eventos como este. Lo que realmente la inquietaba era Lucien. Esa noche, Aaron haría el anuncio, la primera parte del plan. Y enfrentarlo a él, a Lucien, después de eso, era lo único que realmente le revolvía el estómago.
Miró a Emma y Olivia, que la miraban con ojos brillantes y llenos de confianza. Y esa visión le dio la fuerza que necesitaba.
“Esto es lo correcto” pensó con determinación. “Ellos son mis hijos, y su lugar está conmigo”
Llenándose de valentía, comenzó a bajar las escaleras, tomada de la mano de sus hijas.
Pero cuando llegó al pie de las escaleras, toda su valentía se esfumó. Allí, justo delante de ella, estaba Lucien. Alto, imponente, con un porte masculino que parecía llenar toda la sala. Llevaba un traje negro perfectamente ajustado que resaltaba sus hombros anchos y su figura atlética. Su cabello oscuro estaba peinado con descuido calculado, y sus ojos, de un azul profundo, parecían capaces de atravesar cualquier máscara. Había algo en él, en su postura relajada pero dominante, que lo hacía irresistible... y eso la enfurecía.
Sintió cómo su corazón comenzaba a latir a toda velocidad.
“Maldito seas, maldito seas, por ser tan condenadamente atractivo” pensó, apretando ligeramente la mano de Emma como si buscara anclarse a la realidad.
Por otro lado, Lucien no podía apartar la mirada de ella. Sus ojos recorrieron a Grace sin disimulo, deteniéndose en cada detalle: el vestido rojo que parecía hecho a medida para ella, la curva de su cuello, el brillo de sus ojos. Y en ese momento, no le importaban las miradas de los invitados ni lo que pudieran pensar.
Grace estaba espléndida, más hermosa que nunca, y él lo sabía.
Sus labios se curvaron en una ligera sonrisa, pero sus ojos, hablaban de algo más. Hablaban de deseo, de admiración, de algo que no podía ocultar, aunque lo intentara.

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