CAPITULO 46- VOY A CONTAR LA VERDAD.
Aaron salió del estudio como un torbellino, dejando que la puerta se cerrara de un golpe tan fuerte que parecía haber sacudido los cimientos de la casa. Su mandíbula estaba apretada, y mientras caminaba hacia las escaleras, se mesó el cabello con frustración. Su mente era un torbellino de pensamientos, pero uno destacaba sobre los demás: no iba a hacerse a un lado.
—Eres un imbécil Lucien —murmuró entre dientes ―No puedes creerte el dueño de todo y menos de Grace. Además de que no soy tu maldito perro para obedecerte.
Estaba a punto de subir a su habitación cuando unas vocecitas interrumpieron su tormenta interna.
—¡Tío Aaron!
Emma apareció corriendo como un rayo y se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza. Olivia llegó un segundo después, con la misma energía, rodeándolo también. Sin embargo, James se quedó al fondo del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión que parecía demasiado seria para un niño de siete años.
Aaron arqueó una ceja, inclinándose un poco hacia él mientras sonreía con amabilidad.
—¿Qué pasa, campeón? ¿Estás enojado conmigo?
James lo miró fijamente, como si estuviera evaluando si merecía o no una respuesta. Finalmente, habló con un tono directo.
—¿Por qué saliste con Grace?
Aaron parpadeó, sorprendido, mientras sentía que la atmósfera en el pasillo cambiaba. Grace, que acababa de aparecer detrás de los niños, se quedó inmóvil, con los ojos abiertos como platos. Pero antes de que alguien pudiera decir algo, Emma, siempre intrépida soltó alegremente:
—¡Es porque le gusta!
—¡Cállate, Emma! ¡No seas entrometida! —gritó James, girándose hacia su hermana con el ceño fruncido.
Emma guardó silencio, pero no sin antes sacarle la lengua, claramente disfrutando de su pequeño triunfo. Mientras tanto, Grace miró a Aaron con una mezcla de culpa y desconcierto.
—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.
Aaron sonrió y se encogió de hombros.
—Bueno, la celda no estaba tan mal. Aunque, sinceramente, creo que prefiero mi cama.
Grace parpadeó, sintiéndose aún peor. Sabía que, de alguna forma, todo esto era su culpa por haber aceptado salir con él. Nunca se le habría ocurrido que Lucien llegaría a tales extremos.
—Aaron… yo… —empezó a decir, pero él levantó una mano para tranquilizarla.
—Tranquila, estoy bien. Pero... me gustaría que habláramos.
Ella frunció ligeramente el ceño, notando el cambio en su tono.
—¿Pasó algo?
Aaron suspiró, dejando caer los hombros.
—Primero quiero darme una ducha. Siento que tengo encima el aroma de todos los que estuvieron en la cárcel antes que yo.
Emma y Olivia lo miraron con los ojos bien abiertos, claramente sorprendidas.
—¿Tío… estuviste en la cárcel? —preguntó Olivia, inclinando la cabeza con curiosidad—. ¿Qué robaste?
Aaron abrió la boca, pero no encontró palabras. Y antes de que pudiera pensar en una respuesta, James bufó con los brazos cruzados y soltó, con la seriedad de alguien mucho mayor:

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