CAPÍTULO 41- SON MIS HIJOS.
El restaurante irradiaba una elegancia discreta. Y Aaron hojeaba el menú con una sonrisa tranquila, mientras Grace, sentada frente a él, luchaba con las palabras que había ensayado durante todo el trayecto.
—Tienes que probar el risotto de mariscos —dijo, levantando la vista hacia ella—. Es la especialidad de la casa, y te aseguro que no te arrepentirás.
Grace le devolvió una sonrisa, pero era apenas un reflejo de su habitual expresión alegre. Su mente seguía atrapada en el dilema que había estado rondándola desde que aceptó la invitación. Aaron, siempre perceptivo, notó la sombra en su rostro. Extendió la mano con suavidad y cubrió la de ella.
—¿Estás bien? —preguntó.
Grace lo miró por un segundo, su corazón latiendo con fuerza. Sabía que no podía seguir postergándolo. Tomó aire, tratando de reunir el valor necesario.
—Aaron, tengo que decirte algo —dijo finalmente, con un tono serio.
La sonrisa de Aaron se desvaneció mientras fruncía el ceño, percibiendo la tensión que emanaba de ella.
—Grace… sé que esta invitación dice mucho, pero quiero que sepas que… aunque cuando nos conocimos mi actitud era otra, desde que te conocí yo… —se detuvo, buscando las palabras adecuadas.
Pero Grace negó con la cabeza, interrumpiéndolo.
—Aaron, no se trata de eso. Aunque también sé que… bueno… te intereso.
Él parpadeó, sorprendido por su sinceridad. Luego dejó escapar una risa nerviosa.
—Vaya, y yo que estuve planeando mi confesión toda la mañana —dijo, llevándose el vaso de agua a los labios para ocultar su incomodidad.
Grace mantuvo el rostro serio, pero por dentro, su nerviosismo crecía. No quería herirlo, pero tampoco podía permitir que las cosas siguieran avanzando en una dirección equivocada.
—No… no quiero lastimarte, ¿de acuerdo? No quiero que te hagas ilusiones conmigo. Yo… solo puedo ser tu amiga.
Aaron sintió un pequeño nudo formarse en su pecho. Había conocido a muchas mujeres antes, pero ninguna había logrado conmoverlo como Grace. Ella era diferente, y quizás por eso dolía tanto escuchar esas palabras.
—Creo que usé esa frase muchas veces y con muchas chicas —dijo con una sonrisa amarga—. No sabía que dolía tanto escucharla de la persona que te gusta.
Grace bajó la mirada, sintiendo el peso de su decisión, pero se obligó a continuar.
—Tú y yo… no podemos estar juntos, Aaron. No podemos porque…
Esta vez fue Aaron quien la interrumpió.
—¿Por qué te gusta mi primo? ―susurró ― ¿No podemos porque te gusta Lucien?

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