C156- ESTOY LISTA.
La luz del sol entraba suavemente por las ventanas de la habitación de Grace, bañando todo en un tono cálido. En un rincón, colgado en el perchero, estaba el vestido de novia: blanco, delicado, esperando para ser usado. La casa estaba llena de una energía vibrante, como si todo en ella estuviera conteniendo el aliento.
Grace estaba sentada frente al espejo de su tocador, con una bata de seda blanca que caía con suavidad sobre su piel. La estilista, con manos expertas, comenzaba a peinarla. Ella observaba su reflejo, viendo cómo la mujer que se le devolvía en el espejo parecía más tranquila, más segura, a pesar de la multitud de pensamientos que danzaban en su mente.
Hoy, dentro de unas pocas horas, caminaría hacia el altar y se uniría a Lucien, no solo como su esposa, sino como parte de su familia. La idea le daba vueltas en la cabeza y un pensamiento que ya se había repetido tantas veces que se sentía casi como un mantra.
«Seré la señora Stanton. Jamás imaginé que algo así fuera posible» pensó, y al instante una cálida sonrisa apareció en su rostro. «Nunca pensé que encontraría un amor tan grande, que construiría un hogar con él y con los niños… mi propia familia.»
Y mientras su mirada se mantenía fija en el reflejo, Grace sintió una mezcla de nervios y emoción. Un suspiro escapó de sus labios. Todo lo que había pasado, todo lo que había vivido, parecía ahora ser una pequeña huella en el camino que la había traído hasta aquí.
Horas después cuando finalmente estuvo lista, la puerta se abrió de golpe y su Nana entró, con una sonrisa que desbordaba ternura. En sus manos, llevaba un ramo de flores blancas, que colocó cuidadosamente en las manos de Grace.
—Oh, mi niña —dijo, con la voz quebrada por la emoción—. Parece que fue ayer cuando te sostenía en mis brazos, cuando te cantaba para que te durmieras. Y ahora, mírate... a punto de casarte con el amor de tu vida. Estoy tan, tan orgullosa de ti.
Grace, con los ojos brillando de lagrimas, tomó las manos de la Nana y las apretó suavemente.
—No habría llegado hasta aquí sin ti. Gracias por todo lo que has hecho por mí. Hoy no solo es mi día, también es el tuyo.
La mujer sonrió, limpiándose una lágrima furtiva con un pañuelo.
—Tú siempre has sido mi mayor alegría, Grace. Y hoy… hoy me haces la mujer más feliz del mundo.
En ese momento, los tres trillizos irrumpieron en la habitación. Emma, Olivia y James, con sus vestidos formales, corrieron como si volaran, llenando el aire con sus risas. Emma llevaba un vestido blanco con un lazo rosa, Olivia llevaba un vestido casi idéntico, pero con el lazo azul. Y James, con su pequeño traje, parecía más un hombrecito que un niño.
—¡Mami! —exclamó Emma, con los ojos brillando de emoción—. ¡Eres la novia más hermosa del mundo!
Olivia asintió con un entusiasmo contagioso.
—Sí, pareces salida de un cuento de hadas. Papá va a desmayarse cuando te vea.
James, con una sonrisa traviesa, miró a su madre con seriedad y preguntó:
—¿Puedo llevar la espada de juguete al altar? Por si alguien intenta interrumpir la boda.
Grace soltó una carcajada, inclinándose para abrazarlos a los tres. Los apretó contra su pecho, dejando que la calidez de sus cuerpos pequeños la envolviera.
—Gracias, mis amores. Y no, James, no necesitamos espadas hoy. Solo necesitamos mucho amor. ¿Pueden prometerme que se portarán bien?
Los tres levantaron la mano, haciendo un gesto solemne como si estuvieran jurando algo importantísimo.
—¡Lo prometemos!
Con una sonrisa, los niños salieron corriendo por la puerta. Grace los observó un momento, su corazón lleno de gratitud y de amor. Pero justo cuando pensó que la calma había regresado, su teléfono vibró en el tocador. Un mensaje entró, pero fue la llamada lo que la desconcertó.
Era Aaron.
Al ver el nombre en la pantalla, Grace no pudo evitar sonreír. Era como un suspiro del pasado, una llamada que llegaba justo en el momento más inesperado.

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