Liliana demudó el rostro. Jaló a Betina y se dio la media vuelta para huir.
Betina, con sus tacones de diez centímetros, no podía mantener el equilibrio en aquel edificio en obra negra y lleno de escombros. Apenas dio unos pasos cuando tropezó y su cuerpo se fue directo hacia el borde del piso.
—¡Ah! —gritó Betina aterrada, manoteando por instinto para agarrarse de algo.
Sin pensarlo dos veces, Liliana se abalanzó sobre ella y logró sujetarle la mano.
El cuerpo de Betina quedó colgado en el vacío. Liliana la sostenía con fuerza desesperada, con las venas de los brazos a punto de estallar.
—Mamá…
Aquella palabra hizo que el corazón de Liliana diera un vuelco.
Era lo que había esperado escuchar durante años; por fin su hija la llamaba así.
—¡Resiste, Betina! —Liliana apretó los dientes, haciendo un esfuerzo sobrehumano para subirla.
Pero sus fuerzas se agotaban. Además, el muro en el borde de la construcción, que ya estaba inestable, comenzó a ceder bajo el peso y el forcejeo de ambas.
¡Crac! Con un estruendo, la estructura colapsó.
Liliana y Betina cayeron juntas al vacío.
En plena caída, Liliana usó su último aliento para empujar a Betina hacia suelo firme.
Betina aterrizó en una zona segura del piso, pero Liliana se precipitó hasta el fondo, golpeando brutalmente contra el cemento. Un charco de sangre comenzó a extenderse de inmediato.
Betina se quedó mirando el cuerpo inerte de Liliana allá abajo, con la mente en blanco.
Aunque no distinguía su expresión ni los detalles desde esa altura, sí podía ver aquel bulto oscuro y la mancha roja que no dejaba de crecer.
Le flaquearon las piernas y se desplomó sentada en el suelo, con la mirada perdida.
Jamás imaginó que Liliana, quien la había protegido toda su vida, se iría así de repente.
Era su madre biológica.
Y había muerto… por salvarla a ella.
Abrió la boca queriendo decir algo, pero no le salió la voz.
Las lágrimas brotaron sin control, rodando por sus mejillas hasta empaparle la ropa.
Alexandro observaba la escena con el ceño fruncido.
Su intención era capturar a Liliana con vida; nadie esperaba que ocurriera semejante accidente.
—Voy a pedir que te lleven al hospital ahora mismo —dijo de inmediato.
Almendra se negó rotundamente:
—No hace falta, yo soy médico. Solo pido que me lleven a casa; me curaré yo misma. Tú tienes que encargarte de lo que sigue. No dejes que Álex escape de nuevo.
Acababan de ubicarlo en la Costanera. Si Álex se enteraba de la muerte de Liliana, huiría sin dudarlo.
Consciente de la gravedad del asunto, Alexandro asintió:
—Está bien, haré que te lleven a casa.
Eva, a quien también acababan de desatar, corrió hacia ella.
—Alme, ¿estás bien?
—Estoy bien.
Al ver la mejilla de su amiga, Eva estalló de rabia:
—Menos mal que Alexandro llegó a tiempo. Si Betina hubiera disparado… no quiero ni imaginarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada