Mientras tanto, en casa de los Reyes.
Almendra fue despertada suavemente a las cuatro de la madrugada por Frida y Eva.
Al ver que Almendra se levantaba, Frida le dio un abrazo de inmediato:
—Hija mía, felicidades en tu día.
Lo que Almendra no sabía era que Frida no había pegado el ojo en toda la noche y tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Almendra sonrió levemente:
—Gracias, mamá.
Al escucharla, a Frida se le quisieron salir las lágrimas de nuevo, así que dijo rápido:
—Deja que Eva te acompañe mientras te maquillan, yo voy abajo a cambiarme.
—Está bien —asintió Almendra.
Eva vio cómo Frida salía de la habitación secándose las lágrimas y sintió un nudo en la garganta.
Se acercó y tomó la mano de su amiga:
—Mi hermosa novia, ¡hoy tienes que ser la más bella de toda La Concordia!
El equipo de maquillistas profesionales ya estaba listo. Las suaves borlas esparcían la base delicada sobre el rostro de Almendra.
Eva se sentó a su lado y empezó a platicar sin parar:
—¿Sabes? En La Concordia llevan tres días diciendo que Fabián dejó la Hacienda La Almendra más bonita que un castillo de cuentos de hadas.
»Ya que lleguemos, voy a checar bien qué tan de ensueño quedó.
»Y otra cosa: si después de casados Fabián no te trata bien, no te me vayas a poner triste cuando mande a alguien a darle su merecido.
Almendra soltó una risa:
—Si no me trata bien, no hará falta que tú hagas nada; yo misma lo pongo en su lugar.
Eva no pudo contenerse, se acercó y abrazó suavemente a Almendra por los hombros:

—Si quiere llevarse a nuestra hermana, primero tiene que pasar por nosotros.
La comitiva del novio fue interceptada justo en la entrada.


A decir verdad, cantar no era el fuerte de Fabián, pero no le quedó de otra; se había preparado bien antes de la boda.
Tras superar las pruebas con esfuerzo, Fabián llegó a la habitación y se quedó paralizado al ver a Almendra.
Llevaba un vestido deslumbrante y el tocado de plumas que brillaba con luz propia. Aunque ella no pudiera ver, irradiaba un aura que robaba el aliento.
Estaba hermosa. Una belleza que impactaba el corazón.
Fabián se acercó despacio, se arrodilló sobre una pierna y dijo con voz grave y firme:
—Alme, aquí estoy. Vine por ti.

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