Ante la insistencia de Eva, Betina no tuvo más remedio que dar un sorbo pequeño.
Al no notar nada raro, vio que Eva le volvía a llenar la copa.
—Con este frío y esta comida, hay que beber. Salud, amiga, de ahora en adelante nos llevaremos bien.
Eva soltaba puras incoherencias con la copa en alto, lo que dejó a Betina totalmente desconcertada. ¿Qué le pasaba? ¿Eva quería ser su amiga? ¡Ni loca se lo creía!
Pero entre trago y trago, empezó a sentirse mareada.
«No, no puedo tomar más», pensó. Traía algo importante encima y si se emborrachaba, podría perderlo.
Eva no la forzó más; su objetivo ya estaba cumplido.
Aunque Betina tenía la cabeza dándole vueltas, conservaba un poco de lucidez y no soltaba su bolso, como si llevara las joyas de la corona ahí dentro. Eva sonrió discretamente; esa niña no tenía idea de con quién se metía.
Al regresar a la casa Reyes, todos se fueron a sus habitaciones.
Eva ayudó a Almendra a entrar a la suya y le susurró:
—Ya está lista. Le puso un "piquete" especial a su bebida para que cayera redonda. Estoy segura de que el celular está en su bolso, no lo soltó en toda la cena.
Almendra asintió.
—Bien hecho.
Su intuición le decía que ese celular escondía muchos secretos. Y probablemente, la información que tanto buscaban.
Al encenderlo, efectivamente tenía clave. Almendra contactó de inmediato a Mauricio Ortega, quien ya estaba alerta esperando instrucciones.
—¿Lo tienen, Alme? —preguntó Mauricio al otro lado de la línea.
—Sí. Empieza. Que no se filtre nada.
—Entendido.
Mauricio rastreó el dispositivo y comenzó a romper la seguridad. Para su suerte, la contraseña actual era una simple que puso Betina. Si hubiera sido la original de Liliana, habría costado más trabajo, pero Betina había perdido la carta con las instrucciones de seguridad.
En diez minutos, Mauricio ya había copiado todo el contenido del teléfono.
—Listo, cuñada. Todo tuyo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada