Antes era porque Fabián estaba a su lado y quería hacerlo todo él mismo, tratándola como si fuera una niña de tres años, o mejor dicho, como a una recién nacida.
Simón agregó, sin quedarse tranquilo:
—No pasa nada, Alme, es solo subir un piso. Si estamos cerca, podremos llegar rápido si escuchamos algún ruido.
La casa principal era enorme. Almendra estaba en el segundo piso, mientras que Frida y Simón dormían en el primero. Si ocurría algo a media noche arriba, realmente no lo escucharían.
Si no fuera porque temía que Almendra no se acostumbrara, Frida se habría mudado directamente a su habitación.
Pero a los jóvenes de hoy les gusta su espacio, así que instalarse en la habitación contigua era la mejor opción.
Almendra, al ver que no podía convencerlos, asintió.
—Está bien.
Por la tarde, llegó Eva.
Y traía maletas.
Su llegada desconcertó a Betina, a Frida y a Simón.
Eva le sonrió a los padres de su amiga:
—Señor, señora, vengo a acompañar a Alme. No necesitan prepararme una habitación, dormiré con ella.
Frida y Simón se alegraron mucho al oír eso.
—Qué bueno, qué bueno. Muchas gracias, Eva, por pensar tanto en Alme.
Justo estaban preocupados porque, con la partida de Fabián, no había nadie adecuado para estar pegado a Almendra.
Esto lo solucionaba todo.
—Entonces voy subiendo.
—Claro, te ayudamos a subir las cosas.
Eva se apresuró a decir:
—No, no, yo puedo sola.
Al ver subir a Eva, Frida y Simón respiraron aliviados.
Pero la cara de Betina era un poema.
Esa Eva también era una molestia.
Ahora, con ella pegada a Almendra todo el día, ¿cómo iba a atacar?
¡Maldita sea!
Almendra acababa de colgar una llamada cuando Eva llamó a la puerta y entró.
—¡Alme! ¡Ya llegué!
—También tiene armas ocultas —dijo Almendra.
Eva abrió la boca, atónita.
—¿Esto lo diseñaste tú o Fabián?
Almendra sonrió.
—Lo diseñamos juntos.
Tenía muchas funciones ocultas más.
Eva miró a Almendra con cierta melancolía.
—Alme, cuando todo esto termine, ¿de verdad te vas a casar con Fabián?
Eva, naturalmente, ya había oído hablar de la boda.
La verdad, le sorprendía bastante.
Conocía muy bien la forma de ser de Almendra.
Siempre pensó que tener novio estaba bien, pero casarse y tener hijos le parecía algo que no encajaba con ella en absoluto.
Almendra curvó los labios y preguntó:
—¿No quieres que me case?

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