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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1290

Cuando llegaron al Cerro La Corona de Plumas, su misión más importante era proteger aquel Musgo Esmeralda.

Para entender mejor el Musgo Esmeralda, él había investigado muchísimo sobre el tema.

Lo sabía todo: desde cómo se veía siendo un brote hasta su madurez y cómo era su floración.

Por eso…

—Jefe, esto… ¡Esto de verdad parece un brote nuevo de Musgo Esmeralda! —la voz de Claudio estaba llena de asombro.

Habían peinado la montaña entera con su gente sin encontrar una sola pista.

Y ahora, este brote aparecía de la nada. ¡Era un milagro!

Una sorpresa monumental.

Los escoltas que estaban alrededor se acercaron de inmediato, observando el pequeño brote verde y soltando exclamaciones de asombro.

Hubo quien incluso se talló los ojos, dudando si no estaría soñando.

Los ojos de Fabián se humedecieron poco a poco; la desesperación que cargaba fue reemplazada por una esperanza repentina.

Extendió la mano queriendo tocar el brote, pero se detuvo en el aire, temiendo que un movimiento brusco destruyera aquel milagro tan difícil de conseguir.

—Que vigilen bien este lugar, no pueden dejarlo solo ni un instante —ordenó Fabián con voz seria.

El brillo volvió a sus ojos: «A partir de ahora, esto es lo más importante».

Claudio asintió de inmediato y organizó al personal para montar una guardia estricta.

Fabián, por su parte, no quería irse. Se quedó allí, velando el brote en silencio, como si temiera que al marcharse el milagro se desvaneciera.

La noche comenzó a caer y la neblina de la montaña se hizo más densa.

El pequeño brote se veía especialmente frágil en la oscuridad, pero a la vez contenía una vitalidad infinita.

Fabián lo miraba y rezaba en silencio, esperando que creciera fuerte. Esperaba que esta vez pudiera aferrarse a esa tenue esperanza y traerle la luz a ella…

***

Almendra no sabía cuánto tiempo llevaba sentada junto a la ventana.

Sentía que había pasado mucho rato; intuía que ya había anochecido.

Pero Fabián todavía no regresaba.

Almendra se giró hacia la puerta.

Fabián estaba en el umbral, cubierto de humedad, con el cabello pegado a la frente pálida, pero sus ojos brillaban con una intensidad asombrosa, como si hubieran atrapado la luz de las estrellas.

Antes de que Almendra pudiera preguntar, Fabián cruzó la puerta a grandes zancadas.

Sin siquiera detenerse a quitarse el frío o secarse, la envolvió en sus brazos con todo y el aire helado que traía.

Sus brazos temblaban violentamente y el calor de sus palmas le quemaba la espalda a través de la ropa fina.

Almendra casi no podía respirar por la fuerza del abrazo, pero percibió que bajo el pecho agitado del hombre se escondía una fragilidad al borde del colapso.

Inconscientemente, levantó la mano para palmearle la espalda, pensando que la desesperación se debía a que no habían encontrado la hierba.

—Si no la encontraron no pasa nada, yo ya estaba preparada… —dijo con suavidad.

—La encontramos —su voz ronca se ahogó en el hueco de su cuello, sonando congestionada.

Fabián la abrazó aún más fuerte, como si quisiera fundirla con él.

—Un segundo Musgo Esmeralda. En el mismo lugar… volvió a crecer.

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