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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1288

—No hace falta que me des de comer como a una niña, puedo hacerlo sola en la mesa.

Quería acostumbrarse a valerse por sí misma; después de todo, solo le fallaban los ojos, no las manos.

—Está bien —accedió Fabián.

Con su ayuda para ubicar los platos, Almendra terminó de cenar.

Llegó la hora del baño. Fabián, como siempre, le preparó la ropa, cuidando incluso el detalle de su lencería.

Luego ella entró sola al cuarto de baño.

—Si necesitas algo, grítame —le recordó él desde fuera, inquieto.

—Sí, tranquilo —respondió ella.

¿Pero cómo iba a estar tranquilo?

Se quedó plantado junto a la puerta todo el tiempo, aguzando el oído por si ella lo llamaba.

Unos veinte minutos después, Almendra salió ya con la pijama puesta.

Fabián la guio de inmediato al tocador, le secó el cabello primero con una toalla y luego con la secadora hasta dejarlo perfecto.

Solo cuando la dejó acostada en la cama, entró él a bañarse.

La realidad era que Almendra tenía bastante autonomía, incluso sin él.

Pero Fabián se negaba a dejarla tantear en la oscuridad; quería ser sus ojos y sus manos en todo momento.

Ella, en el fondo, se sentía conmovida.

***

Al día siguiente, antes del amanecer, el cielo gris seguía dejando caer una lluvia fina y constante.

Fabián se levantó con sigilo para no despertarla.

Se puso ropa de montaña, una gorra y salió.

Claudio ya estaba afuera esperando. Al verlo, se acercó rápido:

—Jefe, está lloviendo fuerte y el camino es puro lodo resbaladizo. ¿No prefiere esperar a que pare?

—No importa —negó Fabián.

Y sin más, se dirigió a grandes zancadas hacia el monte.

Los senderos eran un desastre de barro por el agua. Fabián se metió entre la vegetación densa; la lluvia goteaba desde la visera de su gorra, empapándole la cara y la ropa.

Al oír sus pasos, ella giró el rostro hacia él con una leve sonrisa:

—¿Ya volviste?

—Sí —dijo Fabián, y tras una pausa añadió—: Me voy a dar un baño rápido.

—Está bien, ve.

No hizo falta que él dijera nada; Almendra adivinó que si había salido de madrugada y volvía hasta ahora, era porque no había encontrado nada.

Ella conocía ese cerro casi de memoria.

Sabía que no había un segundo Musgo Esmeralda.

Fabián salió del baño poco después, se acercó a ella y la abrazó por la espalda, con la voz ronca:

—Solo recorrí la mitad esta mañana. Seguiré buscando en la tarde, seguro aparece.

—Fabián, la verdad es que...

—Alme, aunque no esté aquí, el mundo es enorme. Lo vamos a encontrar, confía en mí.

—Confío.

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