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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 438

—...No puedes volver a tropezar con la misma piedra, Ivana. ¡No dejes que te vuelva a engañar! ¡Tienes que recordar que las disculpas tardías valen menos que la basura!

El rostro de Nelson se oscureció aún más. Apretó los labios, con una tormenta de emociones indescifrables en la mirada.

Pero, por encima de todo, ¡estaba furioso!

Ivana miró la hora en la parte superior de su tableta.

—Bueno, Gilda, ya es muy tarde. Prepárate y vete a dormir.

Gilda asintió.

—Está bien. ¡Iré a verte en las vacaciones!

Estaba a punto de cortar cuando recordó algo más.

—¡Ah, cierto! Sigo presionando a Fabio. Hace unos días aceptó un caso que tiene que ver con el Hotel Dorado. ¡Con suerte, aprovechará para ir a investigar en persona!

Ivana sabía que la policía vivía saturada de trabajo. Que Fabio hubiera accedido a ayudarla e investigar en sus ratos libres ya era mucho pedir.

La habitación quedó sumida en un profundo silencio.

Fue entonces cuando Nelson dio un paso adentro. Haciendo un esfuerzo inmenso por contener su ira, señaló la pantalla ya apagada de la tableta.

—Esa era tu amiguita Gilda, ¿verdad? ¿Qué demonios significan todas esas estupideces que dijo?

Ivana lo ignoró y continuó ordenando los papeles esparcidos sobre la cama. Además de la competencia, aún le faltaban un par de créditos para la universidad y no podía descuidarse.

Se movió sin prisa, apilando los documentos uno por uno.

Nelson no soportó ser ignorado de esa forma y la agarró del brazo de un tirón.

—¡Te estoy hablando! ¿Te quedaste muda? ¿Vas a dejar que hable así de mí sin decir nada? ¡Ni siquiera me defendiste! ¡Soy tu esposo!

La mirada de Ivana, que hasta ese momento era fría y distante, se encendió de rabia al escuchar sus palabras. No pudo contener su burla.

—Entonces, ¿con qué derecho vienes ahora a exigirme que te defienda?

El agarre de Nelson se aflojó poco a poco. Sus palabras lo habían acorralado, pero su orgullo le hizo buscar una excusa.

—¡Eso fue porque tú te habías equivocado!

Ivana sabía que diría eso.

—¿Para castigarme? ¿Por eso permitiste que me humillaran de todas las formas posibles?

Nelson apartó la mirada. Su voz ya no sonaba tan segura como antes.

—Solo fueron unos cuantos insultos. ¿Qué castigo puede ser más leve que ese? Cuando yo me equivocaba de niño, mi madre me rompía una pierna a cintarazos.

En su mundo retorcido, recibir insultos realmente le parecía el castigo más compasivo.

—Qué fácil es decirlo —replicó Ivana con frialdad—. Entonces, si es algo tan leve, ¿por qué te pusiste furioso por un par de insultos de Gilda?

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