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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 179

La noche anterior, toda la ciudad se había movilizado. Se decía que los especialistas médicos de los hospitales de la familia Velasco habían corrido de urgencia a la casona familiar.

No solo eso; los parientes esparcidos por todas partes habían regresado de prisa con sus familias.

Paulina fue de las primeras en suponer que la anciana Velasco estaba en sus últimos momentos.

Se pasó toda la noche con el corazón en un puño.

Ella, más que nadie, temía que la anciana muriera.

Especialmente en ese preciso instante.

Vicente había sido criado por su abuela. Aunque él fuera un hombre frío por naturaleza, Paulina sabía perfectamente que la persona que más le importaba en el mundo era ella.

Si la abuela moría, el luto retrasaría sin duda los trámites de su divorcio con Clara.

Y peor aún, incluso si lograba divorciarse, Vicente probablemente no pensaría en casarse de nuevo en uno o dos años.

¡Para entonces, ella ya tendría treinta años!

Afortunadamente, parecía que solo había sido una falsa alarma.

Obligándose a no mirar las manos entrelazadas de Vicente y Clara, Paulina esbozó una sonrisa deslumbrante.

—Buenos días, doña Velasco...

La anciana mantuvo una expresión neutra. La señora Quezada se adelantó.

—Paulina y su padre no pudimos dormir en toda la noche. Teníamos un presentimiento extraño en el pecho. Temprano nos enteramos de que no se sentía bien, pero al salir de casa escuché el canto de los pájaros y supe de inmediato que habría buenas noticias.

—Señora, hay mucha gente preocupada por usted. ¡Tiene que recuperarse pronto!

—Por supuesto que me voy a recuperar, ¡aunque solo sea por Vicente y Clara! —respondió la abuela con una sonrisa—. Acaban de decirme que están pensando en buscar a su tercer hijo en cuanto mejore el clima. ¡Con una noticia tan maravillosa, tengo que ponerme de pie!

¿Qué?

La señora Quezada y Paulina se quedaron heladas, mirando boquiabiertas a Vicente y Clara.

El rostro de Vicente seguía tan inescrutable como siempre.

Clara, sorprendida y sin saber qué decir, abrió la boca y volvió a cerrarla.

Con razón decían que los abuelos a veces parecían niños.

Sabía que la anciana lo estaba inventando, ¿pero qué podía hacer?

No podía contradecirla en su cara y dejarla en ridículo, mucho menos frente a Paulina.

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