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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 34

¡Ja!

Cuando uno no tiene palabras, lo único que queda es reírse.

Paulina entró a la cabina del avión esbozando una sonrisa impecable.

Vicente no estaba a la vista.

En la mesa junto a la ventana, Andrés había abierto un estuche de dibujo. Los marcadores, ordenados por colores, daban una paz mental increíble a cualquier perfeccionista.

Clavando la vista en aquel rostro que era una copia exacta del de Vicente, Paulina se acercó con una sonrisa dulce.

—Hola, Andrés... Me llamo Paulina, pero puedes decirme Pau. ¡Qué gusto conocerte!

—¡Hola, señora Paulina!

Andrés la saludó con educación, tomó un marcador y se puso a dibujar.

Paulina tomó asiento frente a él.

Con la capacidad económica que tenía Clara, jamás podría mantener a los dos niños si se divorciaran.

Y mucho menos la familia Velasco permitiría que ella se quedara con Andrés.

Así que, la persona que se encargaría de criar a Andrés en el futuro, no sería otra que...

—Andrés, ¿qué te parece si te acompaño a pintar?

Paulina escogió un marcador.

Cuando Vicente salió de su sala de descanso, la escena que vio fue la de Paulina y Andrés concentrados, pintando juntos.

A Clara la despertaron unas cosquillas.

Al abrir los ojos, vio a Silvia sonriendo de oreja a oreja.

La niña le había agarrado el pelo y le estaba haciendo cosquillas en la cara.

Al ver que ya estaba despierta, Silvia señaló hacia la ventana.

—Mamá, mira, algodón de azúcar...

Clara volteó a mirar.

Se quedó maravillada.

Las nubes blancas parecían tener bordes dorados, agrupándose y superponiéndose unas con otras.

Enmarcadas por la ventana del avión, mientras este avanzaba, formaban un cuadro en movimiento.

Deslumbrante y hermoso.

El último recuerdo que tenía era quedarse dormida sintiéndose muerta de la vergüenza.

Al bajar la mirada, Clara notó que estaba cubierta con el mismo cobertor que le había llevado la señora Lana.

O sea que Vicente no la despertó, sino que la cargó hasta el avión envuelta en el cobertor.

Ese maldito hombre... no, ese bendito millonario.

¿El frío hombre de negocios también tenía un lado tierno?

Ese pensamiento apenas cruzó su mente.

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