Melisa observó la puerta cerrada del salón privado y poco a poco la sonrisa que tenía en los labios se fue desvaneciendo.
Rafael la miró con preocupación.
—Maestra, ¿está bien?
Melisa se sentó, volvió a servirse un poco de su bebida y dio un sorbo tranquilo. Contestó con calma:
—¿Por qué habría de estar mal?
Rafael se quedó callado.
En tu cara se nota que traes el ánimo por los suelos, pensó. ¿Así se ve alguien que está bien?
Rafael se sentó junto a Melisa, todavía confundido.
—Si no quieres que acepte a Florencia como aprendiz, ¿por qué dar tantas vueltas? Pudiste rechazarla directamente.
Melisa le lanzó una mirada de lado.
—Si no la presiono un poco, nunca va a mostrar quién la respalda.
Ese tal Julián… ese tipo sí que sabía esconderse.
Hasta ahora, solo tenía un nombre, nada más. No había forma de encontrar información útil sobre él.
Ella necesitaba saber mucho más.
Florencia era de esas personas que solo piensan en sobresalir.
Siendo una hija ilegítima no reconocida, si quería volver a la familia Hurtado, tenía que lograr algo que los impresionara.
Y Melisa planeaba destruir la seguridad de Florencia, paso a paso.
Hasta que ella soltara algo de valor, hasta que obligara a Julián a salir de su escondite.
Rafael chasqueó la lengua.
—La verdad, Florencia solo tiene un poco de picardía, pero no le veo gran talento. Esperar que ella logre sacar a la luz a quien la respalda… lo veo complicado.
Melisa sonrió con indiferencia.
—Va a suceder.
La receta del abuelo. Los dos hermanos Bruno.
Aunque los Hurtado no quisieran reconocer a Florencia como hija, los hijos sí reconocen a sus hermanos.
Además, Florencia estaba estudiando medicina. Si tuviera un poco de inteligencia, usaría la receta para negociar con Julián.
Aunque, siendo sinceros, Melisa dudaba que Florencia fuera tan lista.
Pero no importaba.
Ella se encargaría de empujarla en la dirección correcta.

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