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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 332

…

En otro lado.

Cine.

Melisa observaba sin poder creerlo la manera en que Fabricio, aferrado a su mano, temblaba como una hoja.

Se llevó los dedos a la frente, resignada.

—¿Tienes algún problema? Si no te animas a ver la película, ¿entonces para qué vienes?

Encima llegó con tanto misterio, que Melisa pensó que Fabricio traía algún plan importante entre manos.

¿Y al final? Resulta que solo la invitó para verlo temblar en la oscuridad del cine.

—¿Quién… quién dijo que me da miedo? —Fabricio se aclaró la voz, intentando sonar seguro—. Estoy viendo, ¿no?

Melisa solo lo miró, con una expresión que decía todo.

¿Viendo? Si los ojos se te van para atrás del susto.

Para su buena suerte habían rentado la sala completa. Si hubiera más gente, seguro pensarían que Fabricio estaba a punto de convulsionar.

A pesar de que la sala estaba oscura, Melisa alcanzaba a distinguir el tono pálido de Fabricio.

Al ver cómo su amigo prefería soportar la vergüenza antes que admitir el miedo, Melisa sonrió con picardía.

—¿En serio? Si esto apenas empieza. Cuando salga esa mujer de rojo —ya sabes, la que sangra por los ojos, la nariz y la boca—, mejor prepárate…

No había terminado de hablar cuando, en la pantalla, la fantasma vestida de rojo giró la cabeza.

Tenía la piel tan pálida que parecía papel, y sangre negra chorreaba de sus ojos, nariz y boca.

—¡Ji, ji, ji!—

El grito desgarrador de la fantasma retumbó en la sala.

Aunque se había preparado mentalmente, Fabricio dio un brinco del susto.

Se paró de golpe, la voz le temblaba.

—Yo… yo voy al baño.

Cerrando los ojos, tanteó las butacas con la mano, buscando la salida.

Pero no vio por dónde caminaba y, en un descuido, pisó mal.

En ese momento, desde la película, se escuchó un grito estridente, seguido de una voz espeluznante:

[Ya te encontré… ¡Ji, ji, ji!]

A Fabricio se le petrificó todo el cuerpo.

Sus dedos largos se aferraron al respaldo de la butaca. No se atrevía ni a moverse, seguía con los ojos apretados.

Melisa lo miraba divertida, recargada en su asiento, la voz tan ligera como una pluma.

—Hay alguien detrás de ti.

Fabricio se quedó más tieso que una estatua.

—¿Quién es?

Melisa, entre burlona y seria, le contestó:

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