Cuando Melisa era niña, su tío siempre la trató como si fuera una desconocida.
¿De qué sirve ahora que la trate bien?
Un cariño que llega tarde no vale ni un centavo.
Natalia abrió la boca, queriendo decir algo, pero al final se tragó las palabras.
—Entonces... procuraré tratarla mejor de ahora en adelante.
Lucía solo le sonrió, sin añadir nada más.
...
Melisa salió de la casa de la segunda rama de los Orozco. El carro de Everardo seguía estacionado afuera.
No subió al carro de inmediato. Fue directo al maletero y sacó una botella de cerveza.
Se recargó en la carrocería, alzando la vista hacia el cielo.
Esa noche, la luna se veía redonda, luminosa, como si quisiera arropar al mundo con toda su calidez.
Pero ella... ella no sentía ese calor.
Bebió un trago, mirando a lo lejos la mansión principal de los Orozco, sus pensamientos se volvieron un torbellino.
Everardo notó que Melisa tardaba mucho en subir, así que abrió la puerta y bajó para acercarse.
—Jefa, ¿está de malas? —preguntó con cautela.
Después de tanto tiempo acompañando a Melisa, podía notar cuando algo no andaba bien con ella.
Melisa no respondió. Acabó la cerveza de un solo trago y, de un movimiento, lanzó la botella vacía al bote de basura, haciendo una curva perfecta. Luego, giró la cabeza hacia Everardo.
—¿Cuánto llevas con tu novia?
—Siete años.
Everardo también tomó una cerveza, y se paró junto a Melisa.
—¿Siete años? Eso ya es bastante —comentó Melisa—. ¿Has pensado en casarte?
—El próximo mes es nuestro aniversario. Estoy pensando proponerle matrimonio.
Everardo era varios años mayor que Melisa. A veces ya ni recordaba por qué, en su momento, se dejó cautivar por esa chava más joven que él.
Melisa lo miró de reojo, y apenas esbozó una sonrisa.
—¿Qué regalo te gustaría? Yo te lo doy.

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