Melisa arrugó el entrecejo, su expresión seguía serena mientras miraba a Natalia de frente.
Por su parte, Lucía se veía pálida como una hoja, escondiéndose detrás de Melisa sin atreverse a cruzar la mirada con Natalia.
Natalia avanzó hasta quedar frente a Melisa, el enojo marcado en su cara mientras soltaba con voz dura:
—Melisa, sé que eres muy hábil, pero ¿no crees que deberías respetar un poco las reglas? Es medianoche y te metiste a mi casa por la ventana para llevarte a mi hija. ¡Eso ya es demasiado!
Melisa metió las manos en los bolsillos, su tono indiferente:
—¿No que Lucía se había ido de viaje?
Natalia dudó un instante, pero enseguida fingió tranquilidad.
—Sí, no fue de viaje. La encerré yo misma. No quiero que esté cerca de ti, ¿está claro? Melisa, tú eres muy capaz, sabes pelear, además eres la presidenta de MO, pero Lucía solo es una estudiante. No quiero que la distraigas de sus estudios.
—Ja—. Melisa soltó una risa burlona—. ¿Ahora resulta que yo la estoy afectando?
El ambiente se llenó de tensión. Natalia se notaba incómoda, la vergüenza se le notaba hasta en la postura.
—Ya tengo listos los papeles para que Lucía se cambie de escuela. Nos vamos a ir de aquí pronto. Por favor, Melisa, no te acerques más a Lucía. Tú tienes tu vida, pero piensa en ella un momento. Es joven, aún tiene mucho por delante y no puede meterse en problemas. Te lo pido como tía Natalia, ¿sí? Déjala en paz.
Melisa mantuvo el ceño fruncido, sus ojos fijos en los de Natalia. Pasaron unos segundos antes de que respondiera con voz baja pero firme:
—¿Que la deje en paz? Tía Natalia, explícame, ¿qué se supone que le hice a Lucía?
Natalia se quedó pasmada.
—¿Lucía no te lo ha contado?
—¿Contarme qué?— preguntó Melisa, confundida.

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