La relación entre Lucía y Florencia nunca fue muy cercana.
La tía mayor siempre las comparaba, poniendo a Florencia como ejemplo.
Sin embargo, Lucía y Florencia llevaban años conviviendo bajo el mismo techo. Aunque con el tiempo supo que Florencia no era la hija legítima de la familia Orozco, igual la consideraba parte de su círculo, casi por costumbre.
En cambio, Melisa solo había regresado por poco tiempo, y desde el principio se comportaba de forma altiva, sin importarle a quién tenía enfrente, incluso llegando a levantarle la mano a cualquiera.
Eso dejó a Lucía convencida de que Melisa solo se sentía intocable por ser la hija de la familia Orozco y que por eso hacía lo que quería.
Por dentro, Lucía siempre había sentido cierto descontento hacia Melisa.
Pero todo cambió cuando Melisa la salvó. Al agradecerle, Lucía esperaba que Melisa la humillara o soltara algún comentario sarcástico, pero Melisa solo dijo una frase:
—No lo hice por ti.
Lucía pensó que Melisa simplemente no quería mostrarse amable.
A partir de ese día, Lucía empezó a buscarla más seguido.
Con el tiempo, se dio cuenta de que Melisa era completamente diferente a lo que Florencia le había contado, y muy pronto entendió que había sido engañada por Florencia.
Lo que Lucía no sabía era que aquel día, Melisa en verdad no había ido a rescatarla específicamente.
Los delincuentes que secuestraron a Lucía eran prófugos condenados a muerte, llevaban cinco años huyendo de la justicia.
Sin dinero y sin a dónde ir, no tuvieron más remedio que intentar asaltar a Lucía.
Y fue pura casualidad que Melisa pasara por ahí.
Que Melisa la salvara no fue más que parte de su deber.
Si hubieran agarrado a otra persona esa noche, Melisa habría intervenido igual.

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