Pilar señaló a Lorenzo con el dedo y exclamó:
—¿Qué derecho tienes tú de ser mi padre? Presumes de amar a mi madre, pero ¿y luego? Tratas como a un tesoro a la hija que tuviste con quién sabe quién, y desde que regresé a casa, ni una sola vez me diste una buena cara. Cada que te molestabas, me aplicabas ese supuesto “castigo familiar”. ¿Padre? ¡Por favor! Ya no quiero nada de ti.
Apenas terminó de hablar, Pilar agarró a Lorenzo por el cuello de la camisa y, mirándolo directo a los ojos, le gritó:
—¡No mereces el amor de mi madre, no lo mereces!
Luego lo soltó y se quedó de pie en el mismo sitio, respirando hondo varias veces hasta sentir que el aire recorría todo su cuerpo y la llenaba de una extraña calma.
Por un instante, se sintió de vuelta con Florencia, cuando las dos se portaban como niñas rebeldes, sin importarle nada.
Esa sensación tan familiar volvía a recorrerla.
Pero había algo diferente.
Cuando estaba con Florencia, solo se trataba de romper las reglas, de jugar a ser mala.
Veía cómo Florencia molestaba a los más débiles. Incluso Pilar llegó a unirse a Florencia solo para que la aceptaran otra vez en la familia Calvo.
Pero ahora…
Ahora lo hacía por ella misma, para rebelarse contra todas las injusticias que había vivido.
Incluso podía comprender, aunque fuera un poco, lo que sentían aquellas personas a las que ella misma alguna vez lastimó.
Se arrepentía.

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