Jimena no podía creer lo que acababa de escuchar. Sus oídos zumbaban como si le hubieran dado un golpe seco. Miró a Elena durante varios segundos, tratando de procesar lo que acababa de oír, hasta que, con los labios temblorosos, soltó una pregunta:
—¿Cuánto dijiste?
¿Diez mil millones?
¿Había entendido mal, o Elena había cometido un error al hablar?
—Diez mil millones —afirmó Elena, sin titubear—. Mamá, sé que es mucho dinero, pero de verdad ya no tengo otra salida. Si no conseguimos este proyecto, después va a ser casi imposible que la familia Paredes mantenga su lugar. Te lo ruego, ayúdame esta vez.
Jimena estuvo a punto de perder el aliento de la pura indignación.
—¿Eso es “mucho dinero” para ti? ¡Eso es una locura, parece que quieres comprar el país entero! ¿Cómo te atreves a pedirme algo así? ¿Acaso piensas que tengo una mina de oro escondida? ¿Crees que los diez mil millones van a aparecer con solo decirlo?
Sabía que Elena había regresado con alguna intención, pero jamás imaginó que fuera algo tan desproporcionado.
¿Diez mil millones? ¿Cómo se atrevía siquiera a decirlo en voz alta?
Elena, desesperada, insistió:
—Mamá, tú tienes dinero. Solo en tu fiesta de cumpleaños, Fabricio te dio mil millones, y eso sin contar todos los regalos que recibiste, más lo que ha ganado la empresa estos años. Para ti, esa cantidad no es nada. Además, Melisa ahora es la presidenta de MO, y tú sabes lo agradecida que es contigo. Si tú se lo pides, seguro te lo da.
Jimena estuvo a punto de reírse de tanto coraje.
—¿Y con qué cara dices eso? ¿Ya se te olvidó que cuando Melisa era niña, Isidora se la llevó y la dejó abandonada? No tienes idea de todo lo que sufrió antes de llegar adonde está. Tú, que eres su tía, nunca le diste una buena cara, siempre buscándole problemas. ¿Y ahora tienes el descaro de pedirme que le saque dinero?
Elena respondió, erguida y sin pudor:
—No es así, mamá. No es que yo la trate mal, es ella la que nunca me ha respetado, jamás me ha visto como su tía. Y al final, ni siquiera le estoy pidiendo el dinero a ella, yo te lo estoy pidiendo a ti. Además, ella usó la receta de mi papá para montar su empresa y ni siquiera me dio un porcentaje. Si me da algo de dinero, es lo justo.
—¡Paf!—
El sonido de la bofetada retumbó en la habitación. Jimena, con la voz llena de furia, le soltó:
—He tratado de ser buena con todos toda mi vida, ¿cómo es posible que hayas salido así? ¿Te faltó algo? Desde pequeña te he dado todo lo que me has pedido, y aun así te volviste una persona egoísta y aprovechada. Si te eduqué así, es mi culpa, pero te lo digo de una vez: mi dinero, antes se lo doy a cualquier persona en la calle, pero a ti jamás.
—Desde el día en que me chantajeaste con quitarte la vida para que te diera el cinco por ciento de la empresa, decidí que para mí ya no existías como hija. Lo que te pase de aquí en adelante no me interesa. Ya cumplí mi deber criándote, pero apoyarte otra vez, nunca.

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