La familia Orozco quedó pasmada.
—¿Qué…? —balbuceó uno de los presentes, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Que Melisa fuera la presidenta de MO ya era suficiente para impresionar a cualquiera.
¿Pero Fabricio… el vicepresidente?
¿Solo vicepresidente?
Fabricio era el líder absoluto de la familia Pacheco. Desde muy joven había tomado el mando de la empresa familiar y todos reconocían su astucia y habilidad para manejar negocios.
¿Un tipo así, de ese calibre, no era presidente sino solo vicepresidente?
Era absurdo. Nadie lo podía creer.
—Yo solo tengo el treinta por ciento de las acciones de MO, no tengo la última palabra en las decisiones —comentó Fabricio con su copa de vino en la mano, su tono tan tranquilo que casi parecía que no le importaba el revuelo que causaba—. Meli es la que tiene el cien por ciento del poder de decisión. Yo, la neta, solo soy un asalariado, sobreviviendo bajo su mando.
Las palabras de Fabricio y Gastón cayeron como bombas, una tras otra, dejando a todos los Orozco aturdidos y al borde del colapso.
Jimena sentía que el alma se le salía del cuerpo. Gabriel abrió la boca y solo pudo decir:
—¡No manches! ¡No manches! ¡No manches!
Sus hermanos, igual de impactados, soltaron:
—¡Dios mío!
Los demás jóvenes de la familia Orozco quedaron como estatuas, incapaces de moverse o siquiera reaccionar.
Mientras tanto, los adultos de la familia se apoyaron en la mesa, incapaces de mantenerse firmes. Las piernas les temblaban tanto que ni siquiera podían pararse derechos.
Y los invitados, todos con la boca abierta, parecían actores congelados en una escena de película.
Por un instante, el mundo se detuvo. El silencio era tan absoluto que podía escucharse hasta el más leve suspiro.
De pronto, la voz serena y cortante de Melisa sonó en medio de ese silencio:
—Señor Bruno, ¿aún quiere seguir compitiendo?
Bruno regresó a la realidad de golpe. Miró a Melisa con una mezcla de miedo y desconcierto. Tardó unos segundos en juntar fuerzas para contestar. Al final, soltó con voz áspera:

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