El carro todoterreno levantó una nube de polvo mientras se alejaba a toda velocidad.
Real Fortia.
En el tercer piso del área de hospitalización, casi toda una fila de habitaciones había sido ocupada por la familia Becerra.
Dentro de una de esas habitaciones, los lamentos no paraban. La señora Becerra, con el ceño fruncido, se encontraba sentada junto a la cama de Isidora.
—Mamá, no podemos quedarnos de brazos cruzados —exclamó Isidora, mirando a su madre con los ojos inyectados de sangre y el rostro retorcido por el dolor—. Los Orozco solo se atreven a hacernos esto porque Fabricio está de su lado.
—Claro que no nos vamos a quedar así —gruñó la señora Becerra, apretando los dientes—. Si los Orozco no les importa romper la relación, yo les haré saber lo que es una lección. ¡La familia Becerra no es cualquier cosa!
—Si no fuera por Fabricio, ¿tú crees que se atreverían a hacernos esto?
Quién sabe si Fabricio se había dejado engañar, o si Melisa sí que tenía maña para envolver a los hombres. Al final, logró que el mismísimo líder de Grupo Pacheco hiciera lo que ella quería.
Definitivamente había subestimado a Melisa. Una mujer criada en un ambiente de fiesta y desmadre, claro que sabía cómo manipular a los hombres.
—Bah, Fabricio solo está cegado —soltó la señora Becerra con desdén—. Ya verás, cuando se canse del jueguito, tanto Melisa como los Orozco no tendrán dónde esconderse. Y entonces, haremos lo que se nos antoje.
En ese momento, una empleada entró y se acercó a la señora Becerra para susurrarle al oído.
A los ojos de la señora Becerra se les encendió un destello de astucia. De repente, palmoteó la pierna y dijo:
—¡Esto sí que nos cayó del cielo!
—¿Qué pasa, mamá?
La señora Becerra hizo un gesto para que la empleada se retirara, y solo después soltó con voz cortante:
—Fabricio ya se fue de Real Fortia. Carolina Rojas está atascada con sus propios problemas. Ahora mismo, los Orozco no tienen a nadie que los respalde.
—¿Entonces, piensas…?
La señora Becerra se puso de pie y salió de la habitación, apoyada en su bastón.
Después de tantos años, si no fuera por… ni de chiste habría aguantado tanto.
—¿A qué viniste? —reviró Nicolás, impaciente.
—Ya te lo dije: quiero cien millones de pesos —contestó la señora Becerra, sin perder la calma—. Y además, quiero la receta que dejó tu papá para el tratamiento contra el cáncer.
—¡Jamás! —gruñó Nicolás, apretando la mandíbula—. Esa receta es el esfuerzo de toda la vida de mi padre. Prefiero morir antes que dártela.
—¡Nicolás! —gritó la señora Becerra, golpeando el suelo con el bastón—. No se te olvide que todavía tenemos pruebas en tu contra. ¿O acaso prefieres que ese video termine en manos de la policía? ¿O mejor aún, que todo el mundo lo vea en internet?
—Tú…
Los ojos de la señora Becerra brillaron con una sombra amenazante. Se acercó un par de pasos y, con voz sombría, murmuró al oído de Nicolás:
—Con solo chasquear los dedos, tú y todos los Orozco quedarán en la ruina y serán la burla de toda la ciudad.

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