Pero luego estaban momentos como aquella noche en que habíamos hablado de los hijos y él había recurrido de inmediato al contrato, como si fuera la única explicación posible. O la forma en que había mencionado extender nuestro acuerdo justo después de marcarme en el hospital.
No lograba entender qué sentía realmente por mí. ¿Le importaba porque era su compañera? ¿O seguía viéndome únicamente como una solución conveniente, un acuerdo que le resultaba útil?
A veces deseaba que mi madre estuviera aquí. Deseaba poder acudir a ella y pedirle consejo.
Quizá si hubiera tenido a alguien que me guiara mientras crecía, las cosas habrían sido diferentes. Quizá habría aprendido a reconocer el amor cuando apareciera frente a mí. O quizá habría sabido cómo proteger mi corazón de alguien que tal vez nunca llegaría a quererme de verdad.
Pero nunca tuve esa oportunidad.
Mi madre murió cuando yo apenas era un bebé, y después mi padre y mi madrastra me trataron como una molestia cuando tenían paciencia, y como una carga la mayor parte del tiempo. Nunca les importó lo suficiente mi felicidad como para preocuparse por darme consejos, mucho menos sobre algo tan complicado como el matrimonio.
Para ellos, yo nunca había sido una hija.
Solo una pieza más en su tablero.
Ese pensamiento me dejó un dolor sordo en el pecho, una sensación vacía que latía con cada respiración, y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando otra vez.
Pero esta vez no era por el relicario.
Era por todo aquello que nunca había tenido. Por la madre que debería haber estado a mi lado. Por la familia que debería haberme protegido. Por la infancia que debería haberme preparado para enfrentar momentos como este.
Entonces pensé en Lilith, y aquel dolor empezó a suavizarse poco a poco.
Porque sí tenía a alguien.
Lilith había sido la madre que nunca tuve. Ella era quien me consolaba cuando estaba enferma, quien me abrazaba cuando las lágrimas no dejaban de caer, quien celebraba conmigo cada pequeña victoria.
Y era precisamente el relicario que tanto significaba para ella lo que Gabriel había destruido.
Mientras yo estaba aquí lamentándome por mis propios sentimientos y acariciando el costoso regalo de Alexander, Lilith seguramente estaba abajo, sufriendo la pérdida de la única reliquia que conservaba de su familia.
Tenía que dejar de encerrarme en mi propio dolor e ir a verla.
Después de cambiarme rápidamente, bajé a la cocina.
Ya eran más de las nueve de la noche, pero sabía que Lilith seguiría despierta. Nunca había sido de las que se iban a dormir temprano.
No la encontré allí, aunque podía escucharla tarareando suavemente desde el porche trasero.
Puse la tetera al fuego y saqué su mezcla de té favorita, junto con algunas de las galletas que había preparado el día anterior. Cuando terminé de colocar todo en una bandeja, el agua ya estaba hirviendo.
—¿Lilith? —la llamé mientras abría la puerta del porche con la cadera—. Te traje té.
Ella levantó la vista del tejido en el que estaba trabajando sentada en el banco mecedor, y su rostro se iluminó al verme.

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