Perspectiva de Ella
El collar de diamantes era hermoso.
Alexander lo sostenía con cuidado entre sus manos, y las pequeñas piedras brillaban bajo la luz, reflejando destellos de colores por las paredes de la cámara acorazada.
Pero jamás podría reemplazar el relicario de Lilith.
Nada podría hacerlo.
Aun así, no podía negar que el gesto de Alexander me había conmovido.
Me estaba dando el collar de su bisabuela para compensar lo que había pasado con el relicario de Lilith.
—No tienes que hacer esto —murmuré—. Es una reliquia familiar…
—Quiero hacerlo.
Alexander se acercó y me hizo una señal con la mano.
—Date la vuelta.
Hice lo que me pidió y aparté mi cabello para dejarle espacio.
Sus dedos rozaron mi nuca mientras abrochaba el collar, y no pude evitar estremecerme ante ese simple contacto.
El calor de sus manos hizo que mi corazón se acelerara.
Los diamantes descansaron sobre mi clavícula. Eran más pesados que la fina cadena de plata del relicario de Lilith, pero igual de especiales.
—Listo.
Las manos de Alexander permanecieron sobre mis hombros durante unos segundos antes de apartarse.
—Te queda perfecto.
Me giré hacia él y toqué el collar por instinto.
—Es precioso. Pero, Alexander, no puedo evitar preguntarme algo…
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Bajé la mirada al collar antes de volver a mirarlo.
—¿Tiene alguna condición?
Su expresión cambió de inmediato.
—¿A qué te refieres?
Tragué saliva.
—Quiero decir… ¿esperas que lo use en el banquete? ¿Que lo muestre como un símbolo de tu…?
Me detuve, buscando las palabras.
—¿De tu falso afecto?
Alexander me miró fijamente.
—Ella, no.
Se acercó hasta quedar frente a mí, obligándome a levantar la cabeza para encontrarme con sus ojos.
—No te estoy dando esto por razones políticas.
Su voz era baja, pero firme.
—Te lo doy porque hoy perdiste algo importante. Porque sé lo mucho que significaba ese relicario para ti. Quería darte algo hermoso para reemplazarlo.
La sinceridad en sus ojos verdes me dejó sin respiración.
—¿Lo dices de verdad?
—Sí.
A través del vínculo sentí una pequeña oleada de emoción.
Una sensación cálida y tranquila que llegó hasta mí como una promesa silenciosa.
Y supe que estaba diciendo la verdad.
Mis hombros se relajaron poco a poco mientras soltaba un suave suspiro.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
No sabía qué decir.
No cuando estábamos rodeados de tantos objetos valiosos y, aun así, Alexander me miraba como si yo fuera lo más importante de aquella habitación.
—Siento lo del relicario —dijo finalmente—. Sé cuánto significaba para ti.

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