Perfecto.
Sophia detuvo el auto a un lado de la carretera y bajó la ventanilla. El renegado levantó la mirada al escucharla.
—Parece que necesitas ayuda —dijo ella con una voz dulce, casi encantadora.
El hombre se acercó con cautela al vehículo. Tenía la ropa sucia y desgastada, las uñas llenas de mugre y una expresión desconfiada.
—¿Qué clase de ayuda? —preguntó.
Sophia abrió su bolso y sacó un grueso fajo de billetes. Lo levantó lentamente, asegurándose de que él pudiera verlo bien.
Los ojos del renegado se iluminaron al instante.
—¿Quieres un trabajo? —preguntó ella, moviendo el dinero frente a él.
***
Perspectiva de Ella
El sábado por la mañana llegó más lento de lo que esperaba, pero finalmente llegó.
Y yo estaba decidida a cumplir la promesa que le había hecho a Lilith.
Cuando le dije que iríamos de compras, intentó protestar de todas las formas posibles. Insistió en que no necesitaba nada nuevo, que yo debía quedarme descansando y que no tenía sentido gastar dinero en ella.
Pero esta vez no acepté un no como respuesta.
Además… necesitaba salir de esa maldita casa.
—Me estás malcriando demasiado —dijo mientras caminábamos por la zona comercial del centro—. No tienes que gastar tu dinero en mí.
—Es mi dinero y hago con él lo que quiero —respondí, enganchando mi brazo al suyo y guiándola hacia una boutique cercana—. Además, ¿cuándo fue la última vez que alguien te compró algo simplemente porque quería verte feliz?
Los pasos de Lilith se ralentizaron.
—Ella, querida, no tienes que hacer esto…
—Sí quiero hacerlo —la interrumpí, deteniéndome frente a ella—. Lilith, durante estos cinco años has sido más madre para mí que cualquier otra persona en toda mi vida.
Su expresión cambió poco a poco.
—Me abrazaste cuando lloré por esa estúpida caja de música. Me trajiste sopa cada vez que estaba enferma. Te importaba si estaba feliz o si estaba sufriendo.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Así que sí —continué, tirando suavemente de ella hacia la entrada de la tienda—. Hoy voy a consentirte, y vas a dejar que lo haga. Porque eso es lo que hacen las hijas por sus madres.
Durante las siguientes dos horas recorrimos tienda tras tienda.
Le compré una bufanda de seda azul oscuro que hacía resaltar sus ojos, unos guantes de cuero suave para el invierno que se acercaba y un delicado brazalete de plata con pequeños dijes que representaban las fases de la luna.
Al mediodía encontramos un banco en un pequeño parque frente a la zona comercial y nos sentamos a descansar.
La luz cálida del sol acariciaba mi rostro, y por primera vez en semanas sentí que podía respirar con normalidad.

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