Aarón hizo una pausa, luego giró la vista hacia ella. Su perfil lucía tan pálido que daba ganas de abrazarla y no soltarla jamás.
—Kiara, ya no tienes por qué tener miedo. A partir de ahora, no voy a dejar que nadie te lastime.
Kiara se volvió despacio, y sus ojos se encontraron con los de él, profundos y serenos como un lago en calma.
No había obsesión ni locura en la mirada de Aarón, solo una certeza firme y una ternura que envolvía.
Ella buscó cambiar de tema, tratando de huir de esos recuerdos que parecían ahogarla.
—¿Cómo está mi abuelo? —preguntó, desviando la conversación.
—No te preocupes, tu abuelo ya regresó al sanatorio de Ciudad Celestia. Si descansa unos días, estará bien —dijo Aarón, con un tono mucho más relajado.
Al oír eso, el corazón de Kiara, que había estado a punto de salirse del pecho, finalmente se calmó un poco. Mientras el abuelo estuviera bien, lo demás no importaba tanto.
—Toma un poco de leche y descansa, ¿sí?
Kiara bajó la mirada hacia el vaso que tenía entre las manos. El calor se filtraba a través del vidrio, reconfortando su palma poco a poco.
Probó un sorbo. El líquido tibio bajó por su garganta, con ese sabor suave que queda después de tomar leche, pero ni aun así lograba quitar la sensación amarga que le apretaba el pecho.
—El vuelo todavía va para largo, faltan muchas horas. Mejor duerme un rato —sugirió Aarón, acomodándole la almohada.
—Sí… —asintió ella, y se recostó en la enorme cama de lujo especialmente preparada para el viaje.
Aarón la cubrió con la sábana con mucho cuidado, y luego se sentó junto a ella. No dijo nada, solo la acompañó en silencio.
El interior del avión estaba en calma; solo se escuchaba el rumor bajo de los motores y, de vez en cuando, los pasos suaves de los sobrecargos.
Kiara cerró los ojos y, casi de inmediato, cayó en un sueño denso.
Pero la tranquilidad no duró.
Apenas se quedó dormida, la pesadilla llegó, como una sombra pegajosa que no se despega.
De pronto, volvió a revivir la escena en la que Dionisio la empujaba con furia. Todo era tan real que casi podía sentirlo otra vez.
—No… No, por favor…
La sensación de no poder respirar, el miedo paralizante, la envolvían como una manta húmeda.

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