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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 488

Observando el carro alejarse.

El pecho de Carmen se sentía apretado, llena de rabia y angustia. Sacó de su bolso el pequeño dispositivo de escucha y bufó con desprecio.

—Aarón, tú te lo buscaste. ¿Quién te manda a mirarme siempre por encima del hombro? ¿Quién te dijo que podías menospreciarme así?

—Si puedes proteger a tu Kiara, yo también sé cuidar a mi señor Dionisio.

Dicho esto.

Se escabulló sigilosamente al despacho de su padre.

Dentro, el aire aún conservaba esa mezcla entre el aroma fuerte del puro y el de las hojas de las bebidas que solía preparar.

Carmen caminó en puntitas, su mirada recorrió con rapidez el escritorio y los estantes repletos de libros.

Finalmente, se detuvo en una enorme planta que ocupaba una esquina.

Recordaba bien que su padre había mencionado que esa orquídea la había regalado Benjamín, y que ambos solían platicar junto a ella.

Con los dedos, sostuvo el diminuto micrófono. El metal le quemaba de lo frío.

—Te voy a demostrar que el señor Dionisio es mucho más importante que tu Kiara —murmuró, apretando los labios.

Con mucho cuidado, separó las hojas de la orquídea y escondió el dispositivo entre la tierra y la pared de la maceta. El lugar quedaba tan oculto, que nadie podría notarlo.

Terminó de acomodar todo.

Se sacudió el polvo de las manos y dio media vuelta para salir, pero de pronto chocó de lleno contra un pecho firme y musculoso.

—¿Carmen? ¿Qué haces aquí en el despacho? —La voz de Ezequiel cayó sobre ella desde lo alto, calmada, aunque con un deje de sospecha imposible de ocultar.

El corazón de Carmen casi se detuvo. Retrocedió medio paso, tratando de aparentar tranquilidad mientras se acomodaba el cabello.

—Na... nada, papi. Solo vi que la orquídea necesitaba agua y quise ayudar a cuidarla.

Ezequiel miró hacia la planta. Frunció apenas el ceño, pero enseguida relajó la expresión.

—Acabo de regarla. No te preocupes por eso. Anda, baja, seguro el señor Benjamín y los demás ya te esperan.

—Ah, está bien.

Carmen bajó la cabeza y salió casi corriendo del despacho. Al cerrar la puerta, sentía que la espalda le sudaba frío.

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