Aarón la miró con ese aire de indignación tan suyo y soltó una risa baja, cargada de burla y sin el menor intento de ocultarlo.
—¿De verdad crees que es tu buen amigo? Carmen, ¿acaso te lavaron el cerebro?
Se inclinó hacia ella, y el espacio dentro del carro se volvió aún más apretado, casi sofocante.
—¿Tienes idea de quién es él en realidad? ¿Cómo te atreves a llamarlo “buen amigo” con tanta soltura?
—¡Por supuesto que sé quién es! —Carmen levantó el mentón con orgullo, aunque, sin querer, se echó un poco hacia atrás—. Es un empresario, ¿qué tiene de malo eso?
Aarón soltó una risa seca.
—Ajá, ¿y también sabes lo que hace a escondidas?
—No me importa lo que haya hecho, sigue siendo mi amigo. No pienso dejar que nadie le juegue sucio, Aarón. No se te olvide: cualquier cosa que tú puedas hacer, yo también puedo.
—Si vuelves a intentar algo contra él, yo haré lo mismo con tu Kiara. Si no me crees, inténtalo. Ya veremos quién se cansa primero.
...
Aarón sintió que el coraje le explotaba en el pecho. Carmen era increíblemente obstinada y, para colmo, tenía un padre poderoso detrás. A veces, ni siquiera tenía que mover un dedo: bastaba una insinuación y la gente se peleaba por complacerla.
Eso mismo había pasado cuando quiso ir contra Dionisio. Con solo una palabra suya, muchos se alinearon, ansiosos por ganarse el favor de Benjamín. En estos círculos, si alguien quería buscarle tres pies al gato, no necesitaba demasiados pretextos.
Carmen también tenía ese tipo de poder oculto: cuando los poderosos se enfrentaban, era una pelea desigual, como tratar de romper una roca con un huevo.
Los nudillos de Aarón se aferraron al volante, tan tensos que los dedos se le pusieron blancos. En sus ojos relampagueó una furia brutal.
—Carmen, ni se te ocurra tocarla —advirtió con voz severa.
Carmen sintió un escalofrío ante la amenaza en su mirada, pero no bajó la cabeza. Al contrario, se obligó a levantar el mentón.
—¿Y por qué no habría de atreverme? Si tú juegas sucio, yo también puedo hacerlo.
—¿Crees que estoy bromeando? —La voz de Aarón bajó aún más, cada palabra pesando como plomo—. Kiara no tiene nada que ver en esto, ¿por qué meterla en tus asuntos?

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