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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 486

Aarón detuvo por un instante la mano con la que sostenía el tenedor, como si no hubiera escuchado nada, y siguió tomando la sopa por su cuenta.

Carmen, con una sonrisa forzada que en nada ocultaba su desdén, habló:

—Señora Rebeca, yo puedo pelarlo sola, no hace falta incomodar al señor Aarón, no vaya a ser que le interrumpamos sus planes para ponerle el pie a los demás.

Sus palabras, afiladas, atravesaron la mesa.

Aarón por fin levantó la mirada, y en la comisura de sus labios se asomó una mueca burlona.

Pero ni siquiera tenía ganas de meterse en una discusión con ella.

—Señor Ezequiel, señora León, yo ya terminé de comer. Tengo unos asuntos pendientes, así que me retiro.

Los cuatro adultos se quedaron mudos unos segundos, sorprendidos.

Benjamín frunció el ceño, su voz cargada de autoridad:

—¡No tienes educación!

Aarón, como si no hubiera escuchado la reprimenda de su padre, dejó el tenedor sobre la mesa y se levantó con movimientos decididos.

—Tengo cosas que atender en casa, discúlpenme.

Al pasar la mirada por Carmen, sus ojos dejaron ver un significado difícil de descifrar.

—Señorita Carmen, siga comiendo tranquila, no piense en mí.

—¡Pero qué manera de ser! —Rebeca, angustiada, intentó detenerlo tomándolo del brazo, pero él se apartó con agilidad.

Carmen, viéndolo alejarse, sintió cómo la rabia la recorría de pies a cabeza.

¿Con qué derecho se iba así, sin más? ¿Por qué siempre la miraba como si supiera todos sus secretos?

Se levantó de golpe.

—¡Aarón, detente! ¿Qué pretendes con esto?

Todos en la mesa se quedaron pasmados.

Marisol, nerviosa, le jaló la manga a su hija:

—Carmen, por favor, no armes un escándalo.

Pero Carmen se soltó de su madre, clavando la mirada en Aarón.

—¿Te vas antes de terminar la comida? ¿Así es como tratas a tus mayores? O, ¿es que en realidad no te atreves a quedarte por miedo a que te descubra tus artimañas?

Aarón se giró, arqueando una ceja con gesto desafiante.

—¿Ah, sí? ¿Y qué artimañas tendría yo que temer que descubras?

Carmen, indignada, no bajó la guardia.

—Tú sabes muy bien lo que has hecho.

—¿Y qué es eso que supuestamente hice?

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