—Esto es algo que tú misma trajiste hasta aquí. Si no lo aprovecho, parecería que no sé aceptar un buen regalo...
...
Al día siguiente.
Tres de la tarde.
Hotel Galaxia de Diversión, salón VIP 888.
Carmen llegó media hora antes, vestida con un elegante vestido largo color champaña y con un maquillaje tan impecable que hasta ella misma sentía que brillaba. Se sentó cerca de la ventana, tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón.
Cuando vio a Dionisio entrar por la puerta, sus ojos se iluminaron y el corazón le dio un brinco.
Dionisio vestía un traje inglés perfectamente entallado, el cabello peinado hacia atrás sin un solo pelo fuera de lugar. Su porte era tan elegante y altivo que la imponía. Había en él una belleza inalcanzable, tan apabullante que costaba mirarlo directo a los ojos.
Carmen lo contempló sin parpadear, olvidando por completo su actitud desenfadada de siempre. Ahora, se mostraba deliberadamente reservada y elegante.
—Señor Dionisio, por aquí —dijo, con una voz suave y contenida.
Dionisio le regaló una sonrisa cortés mientras se acercaba, saludando con ese aire de caballero que siempre lo rodeaba.
—Señorita Carmen, qué gusto verla después de tanto tiempo.
A Carmen se le subieron los colores a las mejillas. Sin poder controlar sus manos, empezó a jugar con el borde de su vestido.
—El señor Dionisio está todavía más guapo que antes.
Ignoró intencionalmente la distancia en el trato formal que él marcaba con sus palabras, y en su voz se coló un tono travieso y animado, casi como el de una adolescente.
—Jamás imaginé que elegirías este lugar. Pensé que...
—¿Pensaste que iba a querer evitar a la gente? —Dionisio, siempre en su papel de galán sofisticado, le acercó la silla para que se sentara.
Sólo cuando Carmen estuvo cómoda, él tomó asiento frente a ella.
El mesero apareció en ese momento y les entregó la carta del menú.

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