Dionisio se quedó en silencio un buen rato, hasta que por fin no pudo aguantar más.
—Aarón, en serio, estoy hablando contigo con calma para llegar a un acuerdo.
—Ya te lo dije hace un momento: hay que dejar una salida, no empujes a la gente al límite, porque uno nunca sabe cuándo volverá a cruzarse en el camino.
—Si de verdad quieres negociar, pon tus condiciones. No voy a regatear. Pero si insistes en llevar esto al extremo, me da igual lo que pase.
—No se te olvide que Kiara y su abuelo están conmigo. Si sigues con esto, te juro que no la volverás a ver jamás.
...
En el otro lado de la línea, la voz de Aarón desapareció de golpe. El aire se sintió tan denso que parecía que nadie respiraba, hasta que de repente explotó en un grito tan potente que casi revienta el celular.
—¡Dionisio! ¡Atrévete a ponerle una mano encima y verás!
—Si te atreves a hacerle el más mínimo daño, te juro que voy a arrastrarte al infierno a ti, a esa mujer que tienes en terapia intensiva y a toda la familia Olivares.
Dionisio apretó el celular con fuerza, pero en sus labios apareció una sonrisa dura, cruel.
—No quiero hacerle nada, pero Aarón, hasta el conejo más manso muerde cuando lo acorralan. Si me obligas a llegar al límite, no me tiembla la mano.
Hizo una pausa. Su tono era tan decidido que no dejaba espacio a dudas.
—Kiara es tu punto débil. Daniela y la familia Olivares son los míos. Si quieres poner tu debilidad contra mi vida entera, pues a ver quién cae primero.
—¿De verdad piensas que no me atrevo a hacerle algo?
La voz de Dionisio bajó tanto que sonaba como un veneno que se desliza despacio.
—Si una vez pude quitártela de tu lado, puedo hacerlo de nuevo. Y si esto termina mal, aquí nadie sale ganando.
El sonido de la respiración de Aarón, fuerte y entrecortado, cruzó el auricular, como si estuviera a punto de explotar de la furia.
Pasó un largo rato antes de que hablara. Cuando por fin lo hizo, cada palabra parecía salir a la fuerza.
—Dionisio, estás completamente loco.

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