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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 398

Kiara estaba agachada junto a la entrada del agujero, usando una brocha de cerdas suaves para limpiar la capa superficial de tierra. Cuando sus dedos tocaron la pared del túnel, se quedó quieta.

Entre las marcas de la tierra, notó restos diminutos de polvo de bronce mezclados, con un tono verdoso, típico de las tumbas antiguas donde el metal se oxidaba con el tiempo.

—Parece que ya rompieron la capa exterior del relleno —dijo, mirando hacia el profesor Salinas, su voz apenas contenida.

—¿Quién sabe en qué estado estará lo de adentro ahora?

Aarón le puso una mano en el hombro y señaló hacia el noroeste con un leve movimiento de cabeza.

En el aire nocturno, se colaba el murmullo sordo de un motor. Sonaba como si algún carro estuviera estacionado en la hondonada de la montaña, pero los árboles tapaban el sonido y no se distinguía bien.

—Emiliano, lleva a dos contigo y vayan a echar un ojo por allá. Pero no se acerquen demasiado —ordenó Aarón.

Iván, con la voz contenida, sacó de su mochila un visor nocturno compacto y se lo entregó a Kiara.

—Tú quédate aquí vigilando. Yo voy a rodear por atrás. Si estos tipos se atrevieron a actuar a esta hora, seguro que hay más de un hoyo por donde meterse.

Kiara lo sujetó del brazo, sintiendo la palma húmeda de sudor.

—Ten cuidado, ¿sí?

Iván sonrió, le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.

—Tranquila, esto no es nada —le respondió con naturalidad.

Luego, se deslizó en la oscuridad con una agilidad felina, desapareciendo entre las sombras en cuestión de segundos.

Kiara, apretando el visor nocturno entre las manos, no lograba deshacerse de la inquietud que le palpitaba en el pecho.

El viento arremetía con más fuerza.

La cinta de seguridad ondeaba y crujía con estrépito, tan fuerte que casi parecía que alguien los miraba desde la penumbra.

El profesor Salinas examinaba el agujero con atención, el ceño tan fruncido que parecía una grieta en su frente.

—Martín, tráeme el detector, ¡rápido! Primero revisa si hay oxígeno suficiente y gases peligrosos.

Martín respondió al instante, corriendo con un aparato del tamaño de la palma de la mano. Con cuidado, introdujo la sonda en el agujero de los saqueadores.

Los números en la pantalla del aparato parpadearon unos segundos.

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