Ella lo miró detenidamente, observando su piel curtida por el sol, y en sus ojos vio reflejada su propia imagen, nítida y sin mentiras.
De pronto, le vino a la mente aquel recuerdo de hace muchos años, cuando él, sentado sobre el pasto del colegio, mascaba un tallo de hierba entre los dientes y decía con una sonrisa traviesa:
—Eso de los sentimientos duraderos... ni existe.
En ese entonces, sus ojos no tenían ese brillo que ahora veía.
—Aquí... la verdad es que es muy duro —desvió el rostro, y su voz apenas se escuchó, como un suspiro perdido en el viento.
—¿Duro? Más duro es verte tratándome como si fuera un extraño —él soltó una risita, y acercándose, acomodó con delicadeza el cabello que el viento le había revuelto—. Dame una oportunidad, ¿sí? Aunque sea... acompáñame a intentarlo.
...
En ese momento, a lo lejos, se escuchó un alboroto.
El equipo de Emiliano patrullaba los alrededores de las ruinas con una lámpara potente. De repente, al caminar, su pie tropezó con un terrón de tierra suelta.
Así fue como, a casi dos kilómetros de distancia, descubrió un nuevo túnel excavado por saqueadores.
No perdió tiempo y avisó de inmediato.
[—Sr. Salinas, Sr. Castro, maestra Kiara, encontramos algo nuevo en el lado oeste.]
Al escuchar el mensaje en el radio, el Sr. Salinas preguntó sin demora:
—¿Qué encontraron?
La voz de Emiliano sonaba apurada, casi temblorosa a través del aparato:
—Por acá, al oeste, hallé un túnel de saqueo que no estaba antes.
—Está en la ladera, entre los pastizales. No lo vimos en los rondines anteriores. Lo acabo de hallar.
—Indícanos la ubicación exacta.
—A unos dos kilómetros al oeste, caminando hacia el cerro. Si siguen ese rumbo, me verán. Traigo la lámpara encendida.
—Perfecto, nos dirigimos para allá ahora mismo.
Enseguida, el Sr. Salinas reunió a varios técnicos y arqueólogos para dirigirse al lugar señalado.
—Vamos primero a ver qué pasa —dijo Kiara, mientras tomaba el casco y se lo ajustaba.
Aarón, al escucharla, agarró el medidor de distancia y salió con ella.

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