Aarón escuchó durante un buen rato, pero no entendía ni una pizca de lo que Kiara decía.
Para evitar que el momento se volviera incómodo, fingió interés y levantó un pedazo de algo negro y duro.
—Kiara, ¿y esto qué es?
Ella apenas le echó un vistazo.
—Eso es un omóplato de res, lo usamos para ceremonias, a veces le graban inscripciones.
Aarón, tratando de distraerla de su incomodidad, sacó una toallita húmeda y se la ofreció.
—Límpiate la cara, mírate nada más, te pusiste como un gatito con tanto polvo.
Kiara tomó la toallita sonriendo.
—Aquí no es para tanto, no hay que preocuparse tanto por eso.
Terminó de limpiarse y lo miró, resignada.
Quería convencerlo de que regresara, porque este lugar no era para alguien como él. Pero conocía demasiado bien su terquedad: si le decía que se fuera, seguro haría lo contrario.
Al final, tampoco importaba tanto. La vida en la montaña era tan dura que, aunque Aarón no quisiera irse, seguro no aguantaría ni un día.
El calor del día era sofocante, el aire denso y pegajoso. Pero en la noche, el frío pegaba con ganas, y la humedad se colaba hasta los huesos.
La comida, peor aún: la mayoría de las veces era pura comida instantánea.
Y lo más difícil de soportar: no había baño, mucho menos un lugar decente para bañarse.
Para ir al baño, había que cruzar hasta el pequeño bosque al lado, donde apenas habían armado un baño improvisado.
Cuando Kiara llegó, tampoco lo soportaba. Pero apretó los dientes y se aguantó. Con el tiempo, terminó acostumbrándose.
Aarón, que siempre había vivido entre lujos y comodidades, seguro que no duraría ni un día. Mañana mismo empezaría a quejarse para irse.
—¿Y eso qué es? —preguntó él, señalando otra cosa.
—Por favor, no toques nada de eso —advirtió Kiara.
—Ya, ya, entendido —respondió Aarón, soltando el objeto y lanzándole una sonrisa incómoda.
Miró a su alrededor.
Montañas por todos lados. Unos cuantos techos de lona repartidos, el suelo lleno de hoyos y zanjas. Unos quince trabajadores con overoles de mezclilla, cada quien ocupado con sus aparatos y herramientas.
—Kiara, ¿y tú dónde duermes en la noche?
Ella señaló hacia atrás.
—Mira, al fondo hay una fila de casas móviles y algunas tiendas de campaña.
Aarón abrió los ojos, incrédulo.
—¿Duermes aquí en la montaña?
—Sí, claro.

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