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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 374

Daniela intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero Dionisio le sujetó la muñeca aún más fuerte.

—Suéltame, Dionisio —su voz era suave, pero la firmeza que transmitía no admitía discusión—. Lo nuestro ya no tiene regreso.

—¡Sí lo tiene!

De repente, Dionisio la atrajo hacia su pecho, apoyando la barbilla sobre su cabeza. Su voz temblaba, llena de miedo y desamparo.

—No puedo vivir sin ti. Kiara ya se fue. Si tú también te vas, entonces de verdad no me queda nada.

Por primera vez, Dionisio entendió que todo ese poder y dinero que tenía no servían de nada dentro de una mansión vacía, frente a un acta de matrimonio que solo le recordaba lo solo que estaba.

Eso era lo que en verdad le aterraba.

Que la persona que lo acompañó desde su adolescencia terminara esfumándose entre la multitud, igual que todos los demás.

Dependía de ella, tanto en lo emocional como en lo mental.

Podía perder a Kiara, pero a Daniela no.

Después de tantos años, ella se había convertido en su pilar. Lo que sentía por ella había ido mucho más allá del amor, se había transformado en algo tan profundo como los lazos de sangre.

Daniela, recostada en su abrazo, inhaló el aroma a cedro que siempre lo acompañaba. No pudo contener más las lágrimas; brotaron, incontenibles, como un río desbordado.

—Estoy cansada, de verdad. Ya no puedo más. Déjame ir.

Dionisio la apretó aún más, como si quisiera fundirla en su propio ser y no soltarla jamás.

—Lo sé. Pero por favor, dame una oportunidad, déjame enmendar mis errores —bajó la mirada hacia su cara pálida, hablando con cada palabra marcada por la sinceridad—. Ven conmigo a la Finca de las Rosas. Si después de recuperarte de salud sigues queriendo el divorcio, yo firmaré. Pero ahora no puedo dejarte sola en este lugar.

La lluvia seguía cayendo.

Los niños del santuario los miraban con curiosidad, asomándose entre las cortinas.

Daniela cerró los ojos, sintiendo el calor de ese abrazo que alguna vez anheló más que nada en la vida.

El cuerpo de Dionisio, tan tenso antes, se relajó de golpe. Con cuidado, la ayudó a incorporarse y se quitó su saco para cubrirla. Sus movimientos eran tan delicados que parecían estar tratando con algo irremplazable.

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