Uno ha cargado con cicatrices y tempestades; el otro, nacido entre lujos y privilegios.
Uno venía de una familia sencilla, el otro, de una casa reconocida por todos.
Si ella hubiera nacido hombre, seguro habría elegido al segundo, sin pensarlo dos veces.
—Daniela, yo… yo te juro que no es como tú piensas —balbuceó Dionisio, queriendo defenderse, pero las palabras se le enredaban en la garganta.
Pero…
No encontraba qué más decir.
La verdad, ya ni siquiera recordaba bien.
A sus quince o dieciséis, apenas era un muchacho inexperto.
Por entonces, su papá estaba muy enfermo.
No tuvo más salida que tomar el lugar de su padre en la reunión de empresarios.
Todos lo miraban por encima del hombro, como si fuera un chiquillo que no valía nada. Más de uno ya mostraba los dientes, esperando el momento en que su padre muriera para lanzarse sobre la fortuna de la familia Olivares y repartirse el botín.
Justo cuando unos tíos lo estaban arrinconando, fue Daniela quien apareció.
Ella se plantó frente a todos, lanzando burlas y comentarios punzantes, y luego llamó a sus compas para darles un escarmiento de aquellos.
En ese momento, Dionisio sintió que esa “hermana” era la persona más fuerte y valiente que había conocido, y lo suyo fue admiración a primera vista.
Daniela, a sus veinte, ya era una leyenda en la calle. Tenía fama, respeto y el respaldo del grupo más pesado de la época.
Muchos querían ganarse su lealtad, convencerla de unirse a sus filas.
Pero…
Dionisio, gracias a su lazo con Miranda, logró acercarse a ella.
A los dieciséis, se le declaró.
Ella solo se rio y le tiró de broma que era un mocoso, que mejor se fuera a jugar a otro lado.

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