Dionisio la miró con unos ojos llenos de ternura y cariño.
Sí.
Sus facciones ya no eran tan llamativas como cuando era joven.
¿Pero eso qué importaba?
Mujeres hermosas, para él, siempre estuvieron al alcance de la mano.
Con solo mover un dedo, podía tener a un sinfín de bellas mujeres dispuestas a quitarse todo y suplicar a sus pies, meneando la cola como si fueran perritas, buscando su atención.
Pero el amor verdadero… ese sí que era un tesoro difícil de encontrar.
Y todos aquellos años que habían compartido, cruzando juntos tormentas, siempre uno al lado del otro, sin soltar la mano ni en los peores momentos…
Eso, ninguna belleza podía igualarlo.
No había nadie más, solo ella.
Incluso Kiara, en el fondo, solo había sido una pasajera especial en su vida, nada más.
Además, ni siquiera ella lo amó con toda el alma. Para ser honestos, lo que Kiara sentía por él ni siquiera llegaba a la décima parte de lo que Daniela era capaz de darle.
Así que…
Si Kiara se iba, pues que se fuera.
Él debía aprender a valorar a quien estaba a su lado ahora.
—¿Ya terminaste de comer? ¿Quieres un poco más de sopa?
—No, gracias —Daniela dejó el tenedor sobre la mesa, con un gesto seco, y se puso de pie sin decir nada más.
Después, se fue cojeando rumbo a la recámara.
Antes, todas las noches ella se desvivía esperando que él se quedara.
Pensaba que él todavía estaba tan obsesionado con su cuerpo como antes.
Pero…
Después de varias noches de intentos fallidos en la cama,
por fin lo entendió.
No es que él ya no pudiera.
Simplemente, ya no la deseaba como antes.
Así que, ¿para qué seguir haciéndose daño?
—Daniela… —Dionisio se levantó apresurado.
Daniela, con voz cortante, dijo:
—Vete a tu casa, ¿quieres?
Dionisio fue tras ella y la abrazó por la espalda.
—¿A dónde quieres que vaya?
Daniela frunció el ceño y forcejeó con fuerza.
—Dionisio, no hay necesidad de que te obligues a nada.
—Ya te lo dije, yo puedo aceptar las cosas como son. Casarme contigo fue una idea que me obsesionó durante años.
—Pero ya lo superé, ya no me queda ningún remordimiento. No tienes que fingir más, solo me lastimas…
No le dio tiempo de terminar.
Dionisio se agachó y la levantó en brazos sin previo aviso, llevándola directo a la recámara.
Daniela se sorprendió, intentó resistirse por reflejo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Sangre No Miente, Pero Él Sí