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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 369

—Señora, ¿de verdad cree que esto se puede hacer? Mire que esta puerta es de las de máxima seguridad, tiene hasta sistema de alarma integrado. ¡Si la forzamos, va a sonar la alarma!

Lorena, preocupada hasta los huesos por su hijo, ya no se detenía a pensar en nada más.

—Olvídate de eso. Primero abre la puerta, ya luego vemos qué hacemos con la alarma.

—...Está bien, pues.

El mayordomo no se atrevió a dudar. Enseguida empezó a llamar a una compañía de cerrajeros y a los bomberos, dispuesto a tirar la puerta abajo si era necesario.

Pero…

Justo cuando todos se preparaban para romperla, de repente se escuchó un —clic—.

La puerta se abrió.

Dionisio salió de la habitación. Tenía la barba descuidada, el cabello hecho un desastre y la cara tan desmejorada que parecía otro. Sus ojos, apagados, miraban el vacío como si no encontraran salida.

Lorena, al verlo, sintió que el pecho se le apretaba. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Hijo, por fin saliste. ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo? ¡Ay, mira nada más! En tres días ya estás todo flaco.

—Señor Dionisio, seguro tiene hambre. Ahora mismo le preparamos algo de comer. ¿Qué se le antoja?

La mirada de Dionisio era tan vacía que daba escalofríos, como si estuviera perdido en una noche interminable. La voz apenas le salió, ronca y quebrada:

—Ya cállense.

El tono de Dionisio hizo que a Lorena se le encogiera todavía más el corazón. Quiso tomarle del brazo para consolarlo, pero él, de mala gana, se apartó.

La mano de Lorena quedó suspendida en el aire. Los ojos se le pusieron aún más rojos.

—Dionisio, dime, por favor… ¿qué piensas hacer? ¿A quién quieres en realidad, a Kiara o a Daniela?

—Si... si de veras quieres estar con esa mujer, ya no me voy a oponer. Solo te pido que te cuides y que dejes de lastimarte así.

Un leve temblor cruzó las cejas de Dionisio, como si una aguja lo hubiera pinchado de repente.

No respondió.

Solo se dio la vuelta y caminó hacia la sala, tan débil que parecía que los pies se le hundían en arena.

—¿Qué traes en la cabeza? ¿Fuiste a Río Esmeralda a buscar a Kiara? ¿Qué pasó con ella? —insistió Lorena.

En el rostro cansado de Dionisio apareció un destello de rencor.

—Está muerta.

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