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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 370

Después de terminarse el segundo vaso de sopa instantánea, Dionisio por fin soltó un sonoro eructo, aventó el tenedor a un lado y se metió de nuevo a su cuarto.

Al ver eso, Lorena se apresuró a seguirlo.

—Hijo, por favor, no vayas a encerrarte otra vez.

Apenas entró, arrugó la nariz y soltó una exclamación.

—¡Caray! ¿Qué onda con este cuarto? ¿Por qué parece un chiquero? ¡Me vas a asfixiar con ese olor!

Se asomó a la puerta y gritó:

—¡Mayordomo! Que manden a alguien a limpiar aquí, ¿sí?

—Ah, sí, señora, ya lo hago —respondió el mayordomo apresurado.

La habitación principal, tan lujosa y espaciosa, estaba invadida por un penetrante olor a cigarro. El piso estaba lleno de colillas, y hasta la cama tenía varios hoyos quemados; las sábanas de seda parecían un mapa de tantos agujeros y manchas.

Lorena suspiró, tratando de sonar comprensiva:

—Hijo, no te tomes las cosas tan a pecho. No es para tanto, de verdad.

—Tanto si es por Kiara o por esa Daniela, no les des demasiada importancia. Mira, si quieres, hay un montón de muchachas buenas, puedes escoger a la que quieras...

Dionisio no contestó. Simplemente se metió al baño, prendió la regadera y empezó a rasurarse.

En los últimos días, había estado completamente aislado. No quería hablar con nadie ni ver a nadie.

Pero...

Kiara había desaparecido del mapa. Nadie sabía dónde estaba.

Y Daniela tampoco había vuelto a buscarlo.

Ahora, por primera vez en días, la preocupación se le coló al pecho. ¿Y si algo malo le había pasado a Daniela? No podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que salir a buscarla, averiguar cómo estaba.

...

Veinte minutos después, Dionisio salió del baño, ya afeitado y con el cabello peinado hacia atrás. Se puso un traje limpio, se echó un poco de loción y tomó las llaves de su carro.

Estaba decidido a salir.

—¿A dónde vas, Dionisio? —preguntó Lorena, preocupada desde el pasillo.

—Voy a buscar a Daniela.

Lorena se quedó helada, con palabras atoradas en la garganta. Quiso detenerlo, pero ya era tarde.

Dionisio subió al carro y salió disparado por la entrada de la mansión.

—Señora, el señor Dionisio sabe lo que hace, usted no se preocupe tanto —le dijo el mayordomo intentando tranquilizarla.

Lorena suspiró derrotada.

—Ya ni modo. Que haga lo que quiera, total, ya ni caso me hace. Mejor así, si él está contento, yo también.

—Así es, señora. Si se preocupa tanto, la que termina sufriendo es usted.

...

Media hora después.

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