Los empleados y el mayordomo se apresuraron a levantar a Lorena del suelo.
Los guardaespaldas también se acercaron de inmediato, rodeando la escena con tensión.
Lorena, sintiendo que su autoridad se desmoronaba, apenas pudo levantar la voz:
—Sáquenla... sáquenla del hospital.
Daniela clavó la mirada, desafiante y sin un ápice de miedo:
—A ver, ¿quién se atreve a tocarme?
Los guardaespaldas se miraron entre sí, sin saber a quién obedecer. El ambiente se había llenado de incertidumbre y miedo.
El mayordomo, sudando nervioso, intentó apaciguar las cosas:
—Señora, señorita Daniela, mejor cálmense las dos.
—El señor Dionisio sigue en el quirófano. Si se entera de que ustedes otra vez armaron este escándalo, lo único que va a pasar es que se ponga peor. ¿De verdad quieren poner en riesgo su salud?
Lorena sentía un dolor en el pecho que no la dejaba respirar, pero no se atrevía a insultar a Daniela sin pensar en las consecuencias.
Al mismo tiempo, una ola de arrepentimiento la inundó.
Comparando a Daniela con Kiara, no pudo evitar lamentar sus decisiones.
Kiara tenía un carácter tan dulce, siempre tranquila y educada, sabia para tolerar. Por más problemas que hubiera, jamás le habría levantado la mano a una persona mayor.
Una nuera como esa... ¿por qué la dejó ir?
En ese momento, sintió que había perdido la cabeza al empujar a su hijo a divorciarse de Kiara.
—Tú... tú...
Daniela la interrumpió sin titubear:
—¿Yo qué? Si no fuera por mí, tu hijo ya estaría muerto, y la familia Olivares no sería nada en este momento.
—Sin mí, ¿de verdad crees que podrías seguir presumiendo como la gran señora, parada aquí como si nada?
No terminó de decir esto cuando apartó de un empujón a la empleada que la estorbaba, agarró a Lorena del cuello de la blusa y la acercó con fuerza, mirándola a los ojos.
—Solo porque eres la mamá de Dionisio, te aguanto esta vez.
—Si me reconoces como tu nuera, entonces te digo “mamá”. Pero si no te gusto, mejor ni te acerques. Yo no soy Kiara, no vengo de una familia de etiqueta ni me interesa fingir que respeto a los mayores.
¡Pum!
Daniela soltó a Lorena, dejándola caer pesadamente al suelo.
El mayordomo y la empleada corrieron para sostenerla.
—Señorita Daniela, la señora ya está grande, por favor...

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